martes, enero 31, 2006
lunes, enero 30, 2006
Las canchas del Sur
domingo, enero 29, 2006
El sentido de los años
El Alto podía pronunciar, así como así, sin dar ni sensación de esfuerzo ni imagen de jactancia, las formaciones completas de cualquier club clásico de Europa o de cualquier equipo ocasional del barrio y también podía armar, así como así, en cinco minutos, la lista de los futbolistas que en todo el universo pateaban mejor la pelota con la cara externa del botín diestro. La otra cosa que podía hacer el Alto, así como así, mientras en el Bar de los Sábados el sábado final de diciembre se desbarrancaba lentamente del calendario, era formular preguntas enormes. Y eso hizo el Alto, con un café en la boca, sus compañeros de bar de cada semana enfocándole la frente y una curiosidad honda viajándole desde todos lados hasta el norte de la lengua, cuando preguntó, también así como así, exactamente lo que sigue: "¿Qué son los años?"
El Gordo, que no era un intelectual pero sí un entusiasta, no se asombró con el interrogante ni tampoco demoró la respuesta. "Los años —explicó con solvencia— están para cambiar de campeonato. Siempre que empieza un año, también empieza un campeonato. O sea que, si lo pensamos bien, los cambios de año nos garantizan la existencia del fútbol, lo que, en cierto modo, garantiza una razón básica de nuestra propia existencia. Yo estoy a favor de los años". No se sabe si por lo consistente, pero seguro que por lo enfática, la argumentación del Gordo voló rápido dentro del Bar de los Sábados y atrapó miradas aprobatorias.
El que no se convenció fue el Pibe, tan reflexivo como en los sábados de los últimos doce meses. "Los años —opinó— son una medida de la condición humana. Un año que alumbra a un defensor audaz o a un hincha al que la pasión no le rebana el placer por las jugadas con arte es un año con buenas noticias. Pero un año en el que se afianza la idea de que en la cancha hay que matar o morir en lugar de vivir o vivir es un año frustrante". Un mozo más antiguo que el propio bar estaba por aplaudirlo cuando el Pibe añadió: "Tengo la impresión de que últimamente nos viene tocando este tipo de años".
Atento como de costumbre a espantar las desazones, El Roto recordó que su abuelo futbolista le había dejado como herencia dos entradas de una final muy vieja y una frase de cabecera. "No estoy seguro —había dicho el abuelo— pero creo que los años son como los arcos: algunas cosas entran y otras se quedan afuera". El Roto confesó que, en el año que partía, afuera se le había quedado el esfuerzo de redimir a un amigo que coleccionaba malasangres de fútbol y las anotaba en un cuaderno. Pero, como contrapeso, dentro del arco del año, el Roto contabilizó el hallazgo de una morena flaquita y suave que los domingos enamoraba al mundo un poco porque se enfundaba la camiseta de la Selección y otro poco porque desenfundaba una sonrisa en la que cabía el alma.
En las horas posteriores, todos los concurrentes habituales al Bar de los Sábados volcaron con pasión su punto de vista sobre los años. Al cabo, ese era el sitio en el que semana tras semana discutían córners y amores, penales y sueños, goles y vidas. Casi en la noche, el Alto consideró que su inquietud estaba respondida y que los años, como la existencia entera, tenían el significado que cada hombre les pudiera dar. Enseguida, saludó a sus compañeros y, cuando se arrimó al Roto, le hizo saber que había entendido: "Ustedes son gente que siempre está en la parte de adentro de mi arco". Después, salió del Bar de los Sábados y, así como así, pensó que allí seguiría yendo cada vez que fuera sábado por los años de los años.
sábado, enero 28, 2006
Un brindis en el bar
Aunque era casi un militante de la informalidad, El Gordo se ponía solemne dos veces al año. La primera ocurría el tercer domingo de cada junio, cuando prolongaba una enorme tradición de familia y, con sus hermanos, sus primos segundos y sus tíos envejecidos, visitaba la tumba de su abuelo, un hombre de los buenos hombres. La segunda ocasión se producía en una jornada como esa, durante el anteúltimo sábado de todos los años, y en el Bar de los Sábados, su reducto semanal para conversar la existencia y el fútbol. Al llegar la fecha, El Gordo irrumpía en la tarde, perseguía la mejor de las cuerdas de su voz, pedía bastante café y bastante silencio, y explicaba que los rituales valen la pena sólo cuando los estimula el amor. Después de eso, con los compañeros de bar palpitando y atentos, ejecutaba su segunda solemnidad del año: un brindis.
"Queridos compañeros —arrancó esa vez, como de costumbre, casi quebrándose cuando moduló la segunda sílaba de la palabra "queridos"—, los invito a brindar por alguna gente que con sus conductas no sólo honra al fútbol, sino también al don de respirar y al arte de vivir. Hablo de los defensores que resisten las oscuridades de un gol en contra y resuelven luchar hasta encontrar la luz, y hablo, además, de los hinchas que perciben el fin del mundo luego de cada derrota pero son capaces de imaginar un mundo nuevo cinco minutos después, y hablo, desde luego, de los desconocidos de todas partes que descubrieron que el fútbol es una casa llena de puertas detrás de las que se encuentra la condición humana".
Tomó aire el Gordo, el mismo aire que compartía los sábados de todo el año en esa patria de paredes descascaradas que era el Bar de los Sábados. Y junto con el aire, tomó fuerza y tomó inspiración: "Quiero que brindemos por los que no se resignan a que el fútbol esté lleno de miserables, sobre todo porque despreciar a los miserables del fútbol es despreciar a los miserables que están fuera de él. Y por los músicos que saben que un gol es una canción que muchos desafinan felices junto a muchos. Y por un sobrino mío que en esos mismos goles acaricia la panza de su mujer embarazada. Y por los que miran partidos porque les entusiasma contemplar el universo".
El Gordo nunca elegía discursos largos. Por eso, con el Bar de los Sábados vuelto un templo en comunión, encaró el cierre: "Aunque a veces nos avance el desaliento y aunque demasiadas mañanas nos sintamos definitivamente vencidos, brindemos. Lo justifican los que entienden que merece ser el mejor jugador del año aquel que hizo muchas gambetas, pero más lo merece ese que hizo muchas noblezas. Lo merecen los que se empecinan cada día en jugar bien porque querer jugar bien cada día es un humilde aporte para dignificar la vida. Y lo merecen los que tienen ilusiones porque tener ilusiones siempre es un acto de victoria".
Ya sin aire, ya sin fuerza, ya sin más inspiración, el Gordo alzó su copa, la rozó jubiloso con todas las otras copas y, en medio de risas y de abrazos, se sumó a un debate flamante sobre el ritmo de los volantes centrales en las tardes de vientos duros. En el Bar de los Sábados, el anteúltimo sábado del año empezaba a esfumarse mientras todavía resonaban los ecos del brindis y, entre las paredes descascaradas, el aire llevaba y traía una mansa felicidad.
viernes, enero 27, 2006
Un hombre de festejos
Al Gordo le parecía que todavía lo estaba viendo. Subía las pestañas y lo veía, bajaba los párpados y lo veía, cerraba los ojos —los ojos grandes, los ojos siempre en estado de descubrimiento, los ojos plenos de la gente plena como el Gordo— y, aun con los ojos cerrados, lo veía. El Gordo se sentía tan perplejo como cuando en la primera infancia un ídolo de su barrio lo cruzó en el almacén y le dijo "buen día". Se lo contó ese sábado a la tarde a todos sus compañeros del Bar de los Sábados con palabras que se le escapaban como cataratas: "Vi a un hombre, un hombre que tenía el aspecto de cualquier hombre, que palpitaba en la tribuna como cualquier hombre y que, cuando su equipo metió un gol, reaccionó como nunca vi reaccionar a ningún hombre". "¿Qué hizo?", le preguntó el Alto, mitad curioso, mitad alarmado. El Gordo pudo enfocar, por fin, las pupilas en algo que no fuera la memoria de ese hombre y, precipitado, contestó: "Gritó el gol, se paró y besó a alguien, dio un paso y le sonrió a alguien más, dio otro paso y, a la vez, un abrazo a otro señor, y siguió así hasta celebrar con cada persona que estaba en la cancha. Nunca vi algo igual". El Alto, que continuaba escuchando atento, trató de atenuar la expectativa que envolvía al Bar de los Sábados: "Ese hombre tendría un día especial. Todos, de tanto en tanto, tenemos un día especial". Pero el Gordo pateó ese argumento con la firmeza de un defensor que necesita apretar los dientes y las piernas para espantar una pelota incierta de su área: "No, no era un día especial, siempre festejaba así. Y no sólo los goles. Eso era lo asombroso: se trataba un hombre que vivía festejando".
Imparable, el Gordo volcó más. Dijo que la observación de ese hombre lo llevó a hablar con otros hombres que lo rodeaban en la popular. Uno le contó que dos semanas antes, ese mismo hombre había visto la cara feliz de un padre que asistía al debut de su hijo en Primera. Entonces, se acercó, le palmeó el hombro, y luego salió del estadio, viajó hasta la casa del debutante y sólo después de saludar a cada familiar del jugador, regresó a su sitio en la tribuna. Otro hincha recordó cómo ese hombre había aplaudido hasta el júbilo a un árbitro de vista exacta y corazón justo que detectó un penal entre doce piernas mezcladas. Y un testigo más le confidenció al Gordo que el hombre de los festejos había sido capaz de abrazar a un hincha rival tras un partido sin ganadores mientras le explicaba: "Me hace feliz que tengamos tres cosas en común: la pasión por el fútbol, un empate y nuestra condición humana".
A esa altura del relato, el Bar de los Sábados, refugio semanal de futboleros y pensadores, latía como un teatro en fascinación. El Gordo presentó el último acto. De la boca le salían un aroma de café intenso y una voluntad de comunicar algo extraordinario cuando detalló que, finalmente, él mismo se acercó hasta el hombre que festejaba y le preguntó por qué hacía lo que hacía. Tembló el Gordo en ese momento como también había temblado en el instante en el que el hombre, en medio de la cancha, en medio del partido, en medio de todo, le entregó su respuesta simple: "A veces uno no se da cuenta, pero la vida es un acontecimiento que merece celebrarse todo el tiempo".
El Gordo añadió que, al despedirse, el hombre le dio la mano, alegre por haberlo conocido. Para entonces, en el Bar de los Sábados ya no imperaba el asombro, sino la admiración. Alguien pidió una vuelta de café. Todos estaban juntos, todos estaban conmovidos. Era hora de honrar a aquel hombre. Era hora de festejar la vida.
jueves, enero 26, 2006
El hincha del arbitro
El Roto avanzaba con la garganta molida, la voz hecha dolores y el alma apagada cuando entró al Bar de los Sábados con dos muecas de derrota. "No se dio", dijo en esa tarde, en la que como en todas sus tardes de sábados desplegaba el itinerario que iba desde alguna cancha hasta el mítico bar. "Tuvimos toda la voluntad, pero al final, justo al final, las cosas se complicaron", se explayó con sonidos que apenas se dejaban oír. Entrenado en escucharlo, el Alto le preguntó qué había pasado. El Roto dibujó una tercera mueca de derrota y pronunció una certeza: "Cobramos un penal que no era penal. Casi nos matan". El Alto lo entendió, resignado. Tanto él como todos los miembros del Bar de los Sábados sabían que el Roto tenía una única singularidad en la existencia: era hincha de un árbitro.
Ni el propio Roto conocía cómo había empezado esa devoción irrepetible. Algunos creían que el origen profundo era un acto de conmiseración dedicado a un ser que corría solo de afecto en medio de gentes acompañadas por alientos múltiples. Pero no. Al Roto, el árbitro no le parecía un abandonado al insulto, sino un portador de la virtud que define si un hombre es de verdad un hombre: era alguien que no eludía tomar decisiones, o sea alguien que cargaba con el peso de la vida.
Acaso por eso, el Roto reverenciaba el día en el que su árbitro dio un córner en el ángulo derecho a favor de un equipo que jamás atacaba por ese sector y, cuando le preguntaron por qué lo hizo, contestó: "Me di cuenta de que en la tribuna, atrás de ese rincón de la cancha, había un chico que nunca había visto una pelota de cerca". Entre muchas, enarbolaba otra memoria grandiosa: un jueves, en un invierno de agobios, el árbitro sancionó un gol inexistente en un partido que iba 0 a 0 porque no quería añadirle al universo otra sensación de vacío.
Aquella tarde del penal mal cobrado, el Roto necesitó un rato para regenerar el ánimo. Cuatro cafés bien servidos le permitieron resucitar la voz. Cuando lo logró, mostró una tarjeta que era roja y era vieja, y contó más historias de ese árbitro noble. Mientras en el Bar de los Sábados se anunciaba la noche, el Roto hablaba intensamente. Hablaba como habla alguien que, a pesar de los abismos de este mundo, siente que el mejor de todos los equipos siempre es el de los justos.
miércoles, enero 25, 2006
Vendedor de casi todo
Fue un sábado de un diciembre antiguo cuando Vendedor llegó al Bar de los Sábados con dos valijas hechas con cuero de pelota y una bolsa enorme tejida con hilos de red de arco visitante. "Me dijeron que ustedes se juntan cada semana para intercambiar debates y emociones de fútbol", afirmó, vertiginoso como buen vendedor, antes de que alguien amagara con hacerle una pregunta. No frenó: "Mi oficio es vender artículos de fútbol, con fútbol o para el fútbol, así que creo que puedo serles útil". Enseguida, percibió la cara hinchada del Gordo, un símbolo entre los parroquianos del bar, le aseguró que se le notaban los problemas intestinales y metió la mano derecha en una de las valijas. De memoria, atrapó una caja de saquitos de te digestivo preparados con césped de canchas viejas y, casi sin permitir que el Gordo respirara o reaccionara, se la vendió.
De allí en adelante, Vendedor no faltó jamás. Venía un rato en la mitad de la tarde, cruzaba las puertas del Bar de los Sábados como si siempre fuera local, se aseguraba alguna venta y se iba hacia algún rumbo contando sus billetes módicos. Una vez por mes, el Alto le compraba perfumes con aroma al fin de un domingo de fútbol y el Roto le encargaba cuadernos hechos con papelitos tirados en las tribunas de Argentina para llevárselos como obsequio a sus sobrinos. Nadie olvidaba que, en un enero tórrido, el Pibe, un romántico, le había pagado bien por una pieza mayor: una cortina diseñada con cordones de los botines de muchos punteros derechos, que le regaló a su novia en el tercer aniversario. Vendedor no conseguía clientes en cada intento pero, acaso para que nunca se fuera con los bolsillos vacíos, los mozos del bar le soltaban diez monedas a cambio de unos escarbadientes tallados sobre la madera de algún poste izquierdo famoso, que enriquecían la escasa vajilla del lugar.
En el final de cierto setiembre, alguien le dijo a Vendedor que era capaz de vender de todo. El respondió con pura seriedad: "Todo no. Esto que tienen ustedes, cada sábado, cada conversación, cada memoria, cada instante de bar, ni se compra ni se vende: sólo se siente". Después, hundió el brazo en su bolsa de hilos de red y ofreció unas gotas de lluvia dulce que, tomadas con fe, reabrían el apetito de gol de los delanteros que andaban en mala racha.
martes, enero 24, 2006
Jugar contra la soledad
El Solitario golpeó las puertas del Bar de los Sábados con la cautela de los que ya no recuerdan ninguna certeza y con los párpados agotados, como si cada uno estuviera sosteniendo un cajón de angustias. "¿Es acá donde cuentan historias de fútbol?", preguntó desde una voz que había sacado boleto de ida rumbo al desencanto. El Alto, el Gordo, el Pibe, el Roto y todos los participantes habituales de esa cita de honor, de sábados, de fútbol y de bar le devolvieron una serie de respuestas afirmativas y lo miraron entre sorpresas. "Entonces, si me permiten, me quedo", dijo el Solitario. Se justificó enseguida: "Es lo único que puede salvarme".
Diez minutos anchos como una eternidad le alcanzaron al Solitario para ser más explícito. Tenía casa y tenía empleo pero, a la vez, tenía una sensación de soledad mayúscula que hasta le frenaba la voluntad de respirar. "Llevo una vida sin techo, sin suelo y sin paredes. No pertenezco a nada más que a mis rutinas. Si para ustedes soy un desconocido, a veces para mí también", confidenció. Dio otro detalle: un médico le había sugerido que sólo el fútbol podía rescatarlo del abismo.
En el resto de la tarde, el Gordo le precisó la historia de un hombre que era el propio Gordo, que en la juventud había sido feliz porque dejó de ser gordo para ser centrodelantero y en la adultez solía alumbrar nuevas felicidades cuando, otra vez gordo, recordaba su pasado como jugador. El Pibe le confesó que la ruta más fantástica del mundo eran las diez cuadras que compartía con su padre en la infancia cuando iban juntos a la cancha. El Roto le reveló que su firma era una copia de la del ídolo de su equipo de barrio. Y el Alto le contó que no sabía por qué misterio siempre sentía que el mejor partido era el próximo.
El Solitario nunca detectó en qué momento se le alivianaron los párpados y la voz dejó de sonarle como una desazón. "Muchas gracias —dijo, generoso, tras varias horas—, algo de mí está en cada una de sus historias y algo de ustedes ya forma parte de mí. No sé si voy a salvarme, pero seguro que la semana que viene vuelvo". Cuando en el Bar de los Sábados lo despidieron entre abrazos, no hacía falta que nadie explicara que el fútbol es una cédula de identidad que se comparte con los otros, o sea un modo de que, en esta edad de indiferencias, nadie sea del todo un solitario.
lunes, enero 23, 2006
El hombre que hace lo que siente
Todas eran humedades vigorosas y calmas que anunciaban otras calmas en el Bar de los Sábados. Nada presagiaba nada, salvo que los ocupantes del bar contarían historias del fútbol y de la existencia como lo hacían una vez cada siete días en ese exacto lugar. En eso, entró el Roto. Había que verlo: tenía veinte ansiedades en la respiración y una urgencia en el fondo de la lengua. El Gordo intentó saludarlo, el Pibe probó interrogarlo, el Alto quiso recibirlo. No fue posible. El Roto atacó primero, con la garganta dramática y tres ansiedades más. Al instante, se descargó: "Se trata de mi hermano: dice que quiere cumplir su última voluntad".
Un asombro colectivo bordeó las tazas de café, escaló por las paredes del Bar de los Sábados y se metió entre las telarañas que hacía lustros controlaban el sector sur del techo. El Roto percibió ese asombro y recuperó la palabra. "Mi hermano anda en el camino que va de la tristeza al vacío. Imagínense: hace veinte años que es arquero y mañana se retirará. Juega su último partido y no quiere irse sin hacer lo que siente". "¿Un gol?", razonó el Gordo, previsible. El Roto desplegó un gesto de negación y develó esa voluntad última: "Mi hermano se pasó toda una vida en los extremos de la cancha. Ahora quiere escaparse de golpe del arco y conocer el círculo central".
Una semana después, en una tarde que, de nuevo, se llenaba de humedades y de calmas, llegó El Roto al Bar de los Sábados. Esta vez no traía ansiedades pero sí algo para compartir. "Tengo una historia necesaria en este tiempo, la historia de un hombre que hizo lo que sentía: mi hermano se escapó de golpe del arco y conoció el círculo central". Todos los que lo escucharon tuvieron la tentación honda de aplaudir un rato o de pedir un brindis. Pero el Roto les entregó más: "Y lo mejor es que ya no anda en el camino que va de la tristeza al vacío. Ahora modela un proyecto: ayudar a que los jugadores que se mueven en el círculo central puedan algún día conocer el arco". La tentación de aplaudir se volvió aplauso y los brindis vinieron enseguida. Una atmósfera de fiesta cruzaba el Bar de los Sábados mientras alguien decía que un hombre que hace lo que siente no empuja su última voluntad, sino que está construyendo próximas y gloriosas voluntades.
domingo, enero 22, 2006
Conversador de fútbol
Igual que el retrato de alguno de los padres de la patria en las aulas de la escuela o que la imagen de un bisabuelo engominado en las repisas familiares, la foto del Manso engalanaba en todas las horas las paredes descascaradas del Bar de los Sábados. Ahí estaba, fantástico: tenía la camiseta de un equipo indefinido, una pelota número 5 acariciándole la axila derecha y una sonrisa inamovible y feliz. No había sido un jugador destacado ni un señor notorio fuera de los límites de ese recinto de barrio en el que cada sábado un puñado de gente ilusionada compartía discusiones de partidos, buches de cafés y recuerdos varios. Pero el Manso había entendido, quizás como nadie, que hablar con el alma de goles y de canchas era un pretexto rico para tratar de entender la existencia. No por nada, cuando alguien le pedía que se presentara, sacaba del bolsillo una tarjeta pequeña que revelaba su mayor identidad. Decía así: "El Manso, conversador de fútbol".
Y eso era, de la misma manera en que otros son odontólogos, subgerentes, matemáticos o masajistas. El Manso exponía de fútbol con la erudición de un entrenador, la voz de un barítono y la sensibilidad de un poeta. Sin jactancia, solía evocar que a su tercera novia la conoció arriba de un ómnibus y le fue contando historias de partidos jugados en algunas de las esquinas que iban dejando atrás. "En aquel rincón que estamos viendo, un muchacho flaco pateó una vez un córner. No sólo tiró una pelota. Con su pierna derecha empujó un esfuerzo y una esperanza, un desafío al aire y una alegría posible…", relató tras cruzar una avenida ancha. La chica, a partir de ese segundo su tercera novia, no le permitió seguir hablando y, emocionada, le entregó un beso que duró el resto del trayecto.
No convendría confundirse. Para el Manso, el fútbol no significaba todo. Como millones, trabajaba desde el sol hasta la noche y, también como millones, se inquietaba por lo que le ocurría a sus seres próximos, averiguaba la temperatura de cada día y temblaba por las injusticias del mundo. Conversar de fútbol, en todo caso, representaba su modo de acercarse a la belleza, a la tristeza o a la sencillez de las cosas.
A sus hijos los hizo dormir mil noches con cuentos de penales bien pateados, a la fugacidad de las vacaciones la llamaba "el entretiempo" y a las disputas del poder político y económico las describía minuciosamente como si fueran torneos en los que casi siempre los mismos lograban salir campeones. Al Bar de los Sábados, el Manso no faltaba nunca y hasta de viejo, en los años últimos, cautivaba en las polémicas en las que aseguraba que el fútbol podría repeler a la colección de basuras que lo habían ido atrapando y continuaría siendo un juego hecho de dignidad.
Cuando se murió, cada quien que fue a despedirlo repasó con la voz baja y el corazón cálido alguna de las charlas sobre áreas chicas, suplentes anónimos o arqueros heroicos de las que el Manso había participado y disfrutado. No hubo otros rituales. Después, los buenos amigos colgaron esa foto tierna que reluce en el Bar de los Sábados. Ahí está y seguirá estando el Manso, conversador de fútbol como decía su tarjeta, reivindicador de emociones, francamente todo un hombre.
sábado, enero 21, 2006
Los grandes partidos
Los parroquianos del Bar de los Sábados no daban más. Tenían la garganta gastada de tanto café, las palabras agotadas de tanto hablar y la emoción vuelta sudores de tanto sentir. Se habían exigido como casi nunca porque esa tarde y ese sábado eligieron definirse sobre un tema en el que no sólo estaba en debate un modo de entender el fútbol, sino, además, una manera de concebir qué importa en la existencia. Se entenderá rápido: el desafío consistía en que cada uno explorara entre los fondos de su identidad y de sus memorias para contar el partido más impactante que había visto en su vida.
Había empezado El Pibe, un nostálgico, que habló setenta minutos consecutivos de la primera vez que fue a la cancha con su padre. Lo continuó el Alto, un estudioso, que recordó como un pueblo despojado recuperó cada pedazo de su tierra ganándole un desafío de fútbol a sus patrones. Lo heredó el Roto, un dulce, que deslumbró con la historia de dos amigos que empezaron a jugar un partido uno contra otro en la plenitud de la infancia y lo siguieron por décadas, semana a semana, con un entusiasmo irrenunciable, hasta que uno de los dos murió.
Después, le llegó el turno al Gordo, que guardaba en la boca tres tragos simultáneos de café y que cada sábado ejercía una maestría irrepetible en el arte de narrar. Dijo que jamás, ni en el fútbol ni fuera de él, había sido testigo de algo tan mayúsculo como el duelo entre dos equipos de una ciudad de la que no dio el nombre: el partido entre el Deportivo Orden y el Deportivo Placer. Lo supo explicar: "Un equipo era perfecto por su mecánica de juego; el otro también, por su inagotable deseo y por su inspiración. No recuerdo cómo salió el partido, pero lo fascinante es que, después de enfrentarse, los dos equipos se unieron y formaron uno imbatible, en el que se combinaban en proporción exacta el orden y el placer. Lo llamaron Deportivo Libertad".
Para el final de la tarde había quedado el Nene, un esperanzado, que hizo su relato mientras las penúltimas tazas de café hacían un viaje hacia los labios de sus exhaustos compañeros de mesa. "Hay un partido tremendo —dijo— en el que Barcelona, Real Madrid, Milan y la selección de Brasil se juntan, ponen más de once en la cancha y atacan todo el tiempo. El rival es mi equipo de la adolescencia, siempre con una camiseta que compramos en un negocio que ya cerró. Ellos avanzan, nosotros aguantamos. No sé cómo salimos porque ese partido lo sueño, vuelvo a soñarlo y creo que lo seguiré soñando hasta mi último día. Lo único que sé bien es que mi viejo equipo resiste con el alma".
El Gordo terminó de escuchar y se confesó conmovido. El Nene le devolvió una sonrisa. Otra jornada concluía en el Bar de los Sábados mientras el más viejo de los mozos del lugar recogía las tazas ya vacías y, con la bandeja en la mano, pensaba que lo mejor de los grandes partidos es que siempre se parecen a los grandes sueños.
viernes, enero 20, 2006
Nacimiento de fútbol
Pura energía, el Alto abrió las puertas del Bar de los Sábados con diez comentarios de fútbol bailándole en la boca y la ansiedad encantadora que lo dominaba en cada sábado de bar. Como todas las semanas, entró y miró ese horizonte entrañable de mesas y de sillas en el que cabían felicidades y vidas como la suya. Miró y no creyó. Miró de nuevo y de nuevo no creyó. Miró y miró lo que allí nunca había sido posible mirar. Nunca: ni en las tardes en las que había tormentas de angustia ni en las horas previas a los años nuevos. Nunca, pero era así: dos hombres enfundados en verdaderos guardapolvos de médico y tres mujeres con chaquetas de enfermera atendían a otra mujer, una desconocida en ese recinto en el que cada sábado el fútbol era una excusa para entender la existencia
—¿Qué pasa?—, dijo el Alto, un tipo sobrio al que nadie le conocía gestos torvos como el que en ese instante le atrapaba la cara entera.
Uno de los mozos, un individuo que también era un trazo inalterable del horizonte del Bar de los Sábados, le contestó con dos palabras:
—Ya nace.
—¿Quién nace?—, insistió el Alto, con otro gesto debutante: el del desconcierto.
Una voz que no era la del mozo ni tampoco la de nadie que guardara calmas le contestó desde el fondo del bar. Otra vez la respuesta tenía dos palabras:
—Mi hijo...
La voz era del Roto, habitué histórico del Bar de los Sábados, fino analista de los vaivenes de la pelota, alguien que estaba a punto de ser padre.
—Quiero que nazca acá —se extendió el Roto, mientras su mujer pujaba con la fuerza de una hinchada campeona y los médicos la orientaban como si fueran entrenadores sabios.
Al Alto, asombrado, ya no le quedaba ni un gesto pendiente. El Roto palpitaba, se estremecía, sudaba y le hablaba:
—Quiero que nazca acá porque acá está lo mejor de mí: mi pasión sin traiciones por el fútbol, mi certeza de que existen compañeros, mi posibilidad de hablar con otros, mi lealtad a un lugar al que vuelvo y vuelvo, mi universo para compartir que un penal es mucho más que un penal y que un arquero en el aire es un viaje de montones, mi convicción de que hay vínculos que son para siempre, mi espacio para colocar lo mejor que me enseñó mi padre, mi refugio para ensayar lo que le voy a decir a mi hijo...
El Roto iba a seguir, pero no siguió. Un llanto de chiquito le interrumpió la confesión, le quebró las palpitaciones, le secó uno por uno los sudores y le cambió definitivamente el mundo. "Mi hijo", pronunció el Roto, que, como si estuviera en una tribuna en medio de una circunstancia cumbre, abrazó alternativamente a su mujer y a los médicos, al mozo y a las enfermeras, a las sillas del Bar de los Sábados y también al Alto. Después lloró un rato largo del modo en que sólo se llora en esas veces, pidió café para todos porque ese era el ritual irrompible del Bar de los Sábados y alzó a su hijo por vez primera. El Alto lo enfocó con lo mejor de las pupilas y tragó dos sorbos de café consecutivos mientras sentía que desde lo más profundo de su condición de hombre le venían unas ganas maravillosas de gritar gol.
jueves, enero 19, 2006
Goles de madre
El Gordo cruzó las puertas del Bar de los Sábados con esas mejillas asombradas que lo volvían un hombre único. Con la mano derecha se quitó dos transpiraciones de las cejas y con la mano izquierda apuntó hacia alguna parte, quizás hacia adelante, donde el Alto, el Roto, el Pibe y todos sus compañeros de bar y de sábados lo observaban perplejos.
—Mi mamá...
Dijo eso, o casi lloró eso, el Gordo, con una entonación descorazonada que obligó a pensar en las peores cosas. El Alto, un caballero, estuvo a punto de levantarse para consolarlo, pero justo el Gordo recuperó la voz:
—Mi mamá...
Un silencio como pocos en la mítica historia del Bar de los Sábados atravesó las paredes ennegrecidas de ese salón de barrio. Un mozo dibujó en el aire la mitad de una persignación. En eso, el Gordo respiró. Y terminó:
—Mi mamá se hizo futbolista.
El Roto abrió la boca y no la cerró nunca más, el Pibe clavó la vista en el Alto, y el Alto sólo pudo preguntar "¿qué?". El Gordo explicó: "Mi mamá tiene 73 años, unas ganas de existir de las que ojalá se contagiara el universo, y una tendinitis en la rodilla izquierda. Para recuperarse, un kinesiólogo le dio unos ejercicios en los que mi mamá tenía que retrasar la rodilla y luego adelantarla hasta pegarle a una pelota. Primero se curó, después se entusiasmó y ahora ella, que jamás había pateado un córner, encontró una vocación de futbolista. Así que se fue hasta un club, hizo lo que le enseñó el kinesiólogo y juega. Es wing derecho"
Angustiados, los parroquianos del Bar de los Sábados debatieron la situación. Al final, resolvieron que el Gordo acumulara valentía, extraviara por un rato el diseño ingenuo de sus mejillas asombradas y hablara en serio con su mamá. Eso hizo.
Volvió tres horas después. Y calmo. Más que calmo: pleno. "Hablé con mi mamá —dijo—. Fue maravilloso. Me escuchó con los mismos oídos generosos que tenía cuando yo volvía del colegio y la llenaba de historias. Me dio la razón varias veces mientras comíamos una torta de manzana que no es la mejor pero es la de ella. Y me enfocó con esos ojos que siempre me dedicó como iluminándome. Después, me contó que, entre sueños, ya había conversado del tema con mi abuelo, su padre, un hombre noble; y que también, fortaleciendo abrazos que llevaban medio siglo, lo había charlado con mi papá; y que hasta a uno de sus nietos, mi hijo, le había contado la historia de una abuela futbolista para hacerlo dormir".
—¿Pero por qué se hizo futbolista?, interrogó el Alto.
—Se lo pregunté y me dio otra porción de torta. Enseguida, me iluminó otra vez con la mirada y me dijo que, en cualquier edad, vivir es descubrir la vida. Y que eso estaba haciendo.
Cada habitué del Bar de los Sábados tuvo ganas de aplaudir a la mamá del Gordo o de arrimarse a compartir una porción de torta de manzanas con ella. Sólo el Pibe, el más joven de todos, soltó una afirmación:
—Va a seguir jugando...
—Sí, de wing derecho.
—¿Y vos cómo te sentís?, le preguntó el Roto, rompiendo su largo enmudecimiento.
El Gordo lo miró como se mira a un buen amigo, infló sus mejillas asombradas, y le dio la respuesta mientras en el Bar de los Sábados se acababa el día:
—Feliz. Y también ansioso: mañana debuto como número 9 en el equipo de mi mamá.
miércoles, enero 18, 2006
El arbitro goleador
La vio venir así, redondita, preciosa, perfecta, sabrosa como una fruta madura, una tentación verdadera. Brian Savill no dudó: esa pelota merecía un golpe maestro. Cuando la sintió cerca, estiró levemente la mano, la palpó en un roce suave, y, no bien empezó a caer, sacó un derechazo exacto, soñado, que hizo clavar la bola como una piedra en la red. Savill estaba convirtiendo el gol más grande de su vida y uno de los mejores de la historia del equipo inglés Wimpole 2000. Algunos espectadores lo aplaudieron enseguida, casi emocionados. A otros, en cambio, los paralizó el asombro. Ese no era un gol que se podía ver cada día. Y no por la calidad irreprochable de la definición, sino por el autor. Por Savill. Que no sólo se había vuelto un goleador. También era el árbitro del partido.
"No sé por qué lo hice. Sólo fue un impulso" dijo Savill, con la ingenuidad de un chico salido de una travesura, apenas lo consultaron. Pero si su pelotazo fue un empujón del instinto, todo lo que siguió pareció deliberado: el árbitro transformado en delantero se disparó festejando hasta el medio de la cancha y hasta recibió con gusto un apretón de manos de un futbolista del equipo al que acababa de marcarle el gol.
Todo fue entre sonrisas desde la jornada de setiembre en que ese gol se hizo cierto hasta estas horas, en las que la asociación de fútbol de Colchester, Essex, castigó al árbitro con una suspensión de siete semanas. Savill no se hizo esperar. Con la misma determinación con la que impactó su tiro más célebre, anunció su renuncia del referato y apuntó que a las autoridades les faltaba algo de humor.
Hay que decirlo: Savill no decidió dimitir porque lo invadía una ofensa. Le ocurría otra cosa: en lo profundo, en el rincón íntimo donde un hombre habla en soledad con su conciencia, sentía que aquel gol había constituido un acto de justicia. Lo podía explicar. Cuando pasó lo que pasó, el Wimpole 2000 andaba en pleno sufrimiento. Perdía 18 a 1 —ni un gol más pero tampoco ni uno menos— frente al Earls Colne. Y un individuo de buen corazón sabe de tolerancias pero siempre llega hasta un límite. En 47 años de existencia y 18 de arbitraje, Savill había sido testigo de muchas de las tristezas que cobija la condición humana. Acaso ésta, la de la actuación del Wimpole 2000, vulneraba su resistencia completa. Así que cuando percibió la posibilidad de alumbrar una dicha, no dejó que la ocasión pasara. ¿Quién puede negarle que ese gol, ese golazo, tenía que ver con la alegría?
Ahora está en la memoria. Más que el día en que Juan Carlos Loustau, un ex juez argentino, le dio la mano a Walter Perazzo por un gol extraordinario. Y casi como Gallardo Pérez, aquel referí increíble de un cuento de Osvaldo Soriano, que arrancaba dispuesto a arreglar el resultado de un partido y terminaba con los dientes rotos proclamando que era un tipo derecho. Habrá quien piense que Savill fue un ingenuo, un pavo y hasta un irresponsable. Es probable, muy probable, que él haya desembocado en una conclusión opuesta. Corresponderá respetarlo. Al fin y al cabo es un hombre que, de una patada sola, consiguió lo que estos tiempos vuelven un sueño duro: se sintió justo y feliz.
PD: Como verán, este relato no hace incapie en El Bar de los Sabados. Es un texto publicado por Ariel Scher antes de los cuentos que vengo publicando en este Blog. Lo publico ya que me gusto mucho y con esto cierro lo publicado en el 2004 para dar comienzo a otros año.
martes, enero 17, 2006
Una votación para cerrar el calendario
El que primero votó fue El Gordo mientras dos sudores inmensos le navegaban por la cara también inmensa. No transpiraba a causa de las temperaturas fieras de otro diciembre ni tampoco porque los ventiladores oxidados del Bar de los Sábados le giraran lejos con la lentitud de un antiguo volante central. Si estaba agobiado o acalorado no era por las maldiciones del termómetro, sino porque la ansiedad le anudaba cada una de las cuerdas vocales. Nadie que lo miraba estaba sorprendido. Al cabo, a todos les pasaba lo mismo cuando llegaba ese sábado, el que cerraba el calendario, y en el Bar de los Sábados, lugar de fútbol, lugar del pensamiento, lugar de reunión, se cumplía un rito clásico y comprometido. Había que elegir a los hombres del año en el fútbol.
El Gordo tosió y logró, por fin, hablar, justo cuando uno de sus sudores se le apoyaba en el labio: "Yo voto por un delantero que le dedicó un gol a cada persona del mundo que quiere hacer el bien. Como, contra lo que parece, no es poca esa gente, el delantero se volvió un goleador formidable por ser un hombre agradecido". El Roto admitió que se trataba de un buen voto y se animó a lanzar el suyo: "Yo elijo a un hombre que había perdido el sentido de las cosas, igual que le sucede a miles, pero decidió no darse por vencido. Volvió de a poco a la cancha de su barrio para encontrar viejos aromas y alegrías guardadas. Ahora no se sacó de encima las derrotas de la existencia, pero recuperó un lugar desde el que puede pelear y soñar".
La Dama le dio su sufragio a un defensor que tuvo la capacidad de detectar al amor de su vida después de una tarde en la que hizo dos goles en contra. Y El Pibe aplaudió esa elección pero prefirió a un arquero que confesó lo que muchos arqueros callan: le gustaba estar en el arco no para tapar pelotazos, sino para tener un sitio donde pensar.
Hubo votos principistas, votos polémicos y votos emocionantes. Así fue hasta que El Alto, cuya sabiduría consistía en saberse un hombre común, cerró la votación: "Yo voto por los que hablan de fútbol porque tienen necesidad de que los escuchen. También voto por los que saben que jugar o comentar un partido es desafiar a la soledad. Y voto por las mesas de los bares, y por los cafés largos, y por sentarse a escuchar a los amigos, y por los que creen que, a pesar de que no llueven noticias buenas, alguna vez y en alguna parte nos sigue esperando un gol". No hizo falta explicar por qué ese voto se volvió todos los votos. Inclusive un viejo mozo del Bar de los Sábados terminó de escuchar lo que decía El Alto y tuvo la certeza de que él y muchos como él también eran hombres del año. Eso sintió exactamente mientras en el aire intenso de la tarde se respiraba algo que no tenía ningún nombre y ningún dueño pero seguro se parecía a la felicidad.
lunes, enero 16, 2006
Volver de los mares
Marinero volvió al Bar de los Sábados de la misma manera en que se había ido hacía dos décadas y media en una tarde en la que estaba preparado para jugar de mediocampista pero vio un barco en el puerto y se fue. Conservaba los ojos chiquitos, una frente de buen cabeceador y doce vocaciones por hablar de fútbol del modo que cada semana distinguía al Bar de los Sábados, o sea en libertad. Acarició la calva de un mozo viejo, se abrazó con El Gordo y le aseguró que no lo veía gordo, y luego detalló la historia de un pueblo atravesado por plagas e ineptitudes que día a día se fue hundiendo en la Tierra hasta que sólo la parte superior de un arco de fútbol quedó como constancia de que existió. Contó eso provocando conmociones y en el rato que siguió no paró de contar.
Explicó Marinero que otra vez desembarcó en un pueblo mezquino en el que los goleadores hacían goles y, después, destejían las redes para que nadie pudiera meter otro gol. También recordó que una mañana tiró el ancla en un pueblo en el que el cielo y las paredes eran invariablemente grises. Asumió que estuvo por irse de allí en el primer minuto, pero que en el segundo vio un cartel que decía "Bienvenidos a esta tierra", debajo del cual se apilaban miles de camisetas de fútbol para que cada visitante entendiera que ese era un sitio en el que valía la pena quedarse a jugar que por lo general es lo mismo que quedarse a vivir. Marinero confesó que permaneció en ese pueblo un tiempo largo y que ahí descubrió que la felicidad a veces se viste de gris.
El último pueblo distante al que le dedicó una memoria fue uno irrepetible, en el que la gente durante las madrugadas dejaba pelotas de fútbol en las puertas de las casas para que quien anduviera solo encontrara una cierta companía. Quizás porque ya había referido a pueblos suficientes o tal vez porque un nudo que no era marinero le ajustaba la garganta, Marinero dijo entonces lo que más quería decir. Dijo que nunca había pisado ningún suelo sin contar historias de fútbol y que siempre hizo notar que una de las mejores historias trataba sobre un pueblo lejano que era el suyo. Dijo que ese pueblo era el Bar de los Sábados pero que eso resultaba un detalle porque su pueblo profundo eran los compañeros del bar. Y dijo también Marinero que la vida intensa enseña a pertenecer a muchas partes pero a la vez le da potencia a la fuerza del origen. Dijo eso como si no hubiera andado sobre los mares o como si dos décadas y media de separación fueran un exacto y mínimo ayer. Dijo eso Marinero y siguió hablando. Hablaba como habla un hombre feliz cuando está junto a su gente.
domingo, enero 15, 2006
De amor y de fútbol
El Gordo no podía evitarlo: las piernas le temblaban como si hubieran quedado entre dos vientos enojados y enfrentados. Malditas piernas, que habían extraviado la quietud. Nunca le habían fallado en una vida que El Gordo no había vivido en vano, nunca en los días en los que en las canchas anónimas había que patear penales difíciles y nunca en otros días en los que en la calle había que marchar y seguir marchando para demandar una justicia. Nunca hasta esa tarde, en el Bar de los Sábados, casi su casa una vez por semana, allí donde volvía y volvía para sentirse un individuo libre que pensaba con otros sobre fútbol. Pero también era cierto que nunca como en ese momento de azar o de milagro, había estado así con ella, que a veces venía y a veces no venía, pero siempre estaba hermosa. El Gordo sufría vientos enojados y enfrentados en las piernas porque nunca antes había estado a solas con La Dama.
Dos cafés porque era un ritual, dos medialunas porque siempre tenía hambre y dos aspirinas por las dudas pidió El Gordo de cara a La Dama, con el Bar de los Sábados casi vacío. Luego empezó a hablarle: "Quiero contarte que años de opinar en este bar de fútbol me dejaron apenas unas pocas certezas. Sé que un arquero es un hombre que está solo, sé que un travesaño es el límite entre el todo y la nada, y sé que la red de un arco puede envolver un mundo. Sé que un delantero suelto es una ilusión suelta, sé que cuatro banderines de córner rodean algo que durante un rato es una patria, sé que la memoria de mi padre en las tribunas me impulsa a la melancolía y sé que la presencia de mis hijos en esas tribunas es una fiesta. Lo último que sé es que digo estas cosas mucho más que con la garganta y que es maravilloso saber que sentís lo que yo siento".
La Dama lo escuchaba con los oídos enteros, el café agotado y una lágrima en las pestañas diestras. Iba a hablar pero El Gordo no le dio tiempo porque una verdad que le venía desde el fondo de su condición de hombre le empujó los labios y le reventó la voz: "También sé otra cosa: también sé que te quiero".
Un rato más tarde llegaron los otros parroquianos del Bar de los Sábados. Encontraron dos tazas vacías y dos aspirinas intactas. El Gordo no estaba. Iba dulce por la vida de la mano de La Dama. Y ya no le temblaban las piernas.
sábado, enero 14, 2006
Todo un equipo
"Yo vi al mejor equipo", dijo El Pibe sin un solo titubeo, entre los calores del Bar de los Sábados. "Yo lo vi", dijo por vez segunda porque hay afirmaciones que merecen pronunciarse al menos dos veces. "Yo lo vi —repitió— y tardé en darme cuenta de que ese equipo era el mejor porque a sus jugadores les pasaba algo que cada tanto pasa: habían nacido para jugar juntos".
El más viejo de los mozos le trajo un vaso con agua y El Pibe siguió: "Uno, el arquero, atajaba pelotazos en cualquier lugar del aire porque había migrado de un sitio a otro como parte de un pueblo perseguido y quería palpar, por fin, algo firme con las manos. Otro, un marcador de punta, creció en un hogar de clase media de un país con clase media soñando con tener un buen comercio y por eso tuvo un buen comercio. Otro más, el volante central, era cosechero y nieto e hijo de cosecheros que trabajaban de sol a sol y de sombra a sombra, y jugaba al fútbol porque no sabía qué hacer con el cuerpo cuando dejaba de cosechar".
En el Bar de los Sábados, donde el fútbol, la existencia y las conversaciones eran cada semana una sola cosa, no había nadie que no estuviera cautivado. El Pibe avanzó: "El número 6 era blanco, el número 2 era negro, el número 7 sentía que llevaba a Dios en los botines y el número 9 ni había oído hablar de Dios. El 10 se dormía pensando en mujeres audaces, se levantaba ansiando autos veloces y entre una situación y otra no paraba de jugar. Y el 11 quería ser poeta pero le daba pudor escribir versos y, en cambio, gambetear lo volvía audaz".
viernes, enero 13, 2006
Los viejos compañeros
"No voy a decir que no tuvimos problemas defensivos, explicó El Alto, al tiempo que tragaba agua tratando de humedecer un paladar que también percibía dolorido. Y siguió: "Nuestro número 4, aquel pibito que era campeón de atletismo, no podía ni avanzar caminando de lo redondo que está; y el marcador central, nuestra garantía en el juego aéreo, no saltó ni una vez porque lo persigue una lumbalgia. Igual, ninguno de los dos perdió el coraje que los hizo buenos jugadores".
Envuelto en una relato que atrapaba atenciones, El Alto detalló que el 10, su socio en la mitad del campo, ya no exhibía esos movimientos que lo volvían elegante hasta cuando izaba la bandera; y que el 9, una luz en el área, había aceptado que ni recordaba la fecha de su último gol.
El Alto soltó diez risas con las historias del regreso y luego intentó dar y darse una razón para esa voluntad de reír. No pudo. "No sé qué nos hizo estar lejos tanto tiempo —admitió— y no sé tampoco qué circunstancia o qué fuerza nos metió de nuevo juntos en una cancha. Lo que sí sé es que hace mucho fuimos felices y que ahora, siendo los mismos pero a la vez siendo otros, nos sentimos felices también". En el Bar de los Sábados alguien pedía un café chico cuando El Alto pensó que nunca iba a entender del todo qué traía y qué quitaba el paso del tiempo, pero que, en cambio, tenía claro que los viejos compañeros eran, por más de una memoria, compañeros para siempre. Todo le dolía mientras pensaba eso. Todo menos el alma.
jueves, enero 12, 2006
El nene ya anda solo
"Ni está enojado ni está provocador", contó El Gordo mientras un trago de café tibio le mojaba sus dos últimas muelas sanas. "Dice que me ve cansado, que me ve sin tiempo, que no me quiere molestar", añadió, con otro trago humedeciéndole la voz. El Roto, miembro clave del Bar de los Sábados, opinó que se trataba de una ansiedad de juventud. Pero El Gordo lamentó desmentirlo: "Creo que es otra cosa: El Nene creció."
Como suele ocurrirles a las personas cuando hablan con las personas, El Gordo se fue calmando. Quizá por eso engalanó el Bar de los Sábados narrando una de las historias más dulces de su vida: la tarde en la que por primera vez fue con El Nene a la cancha. Lo recordaba con las manos chiquitas, repitiendo "papá" a cada rato y desbordando de asombro porque miles de señores no paraban de pronunciar "malas palabras". En los años que siguieron, esos asombros cambiaron por más asombros en el fútbol. Y lo que compartieron en la cancha se les grabó a los dos como una memoria irrompible.
"Alguna vez van a volver a ir juntos", lo consoló El Roto. "Así es —contestó El Gordo—, y otras veces lo voy a tener que extrañar." Dijo esa frase con la vista puesta en uno de los pósters desteñidos del Bar de los Sábados y con la certeza de que un padre no es más que un hombre que va creciendo mientras ve a los hijos crecer. Eso pensó, como un descubrimiento, al tiempo que pedía un café dulce. Enseguida tuvo unas ganas infinitas de que apareciera El Nene para darle un abrazo. Ya no lloraba.
miércoles, enero 11, 2006
Un café para Don Pedro
Este sábado, el último, el mozo más viejo del lugar se acercó como cada vez para traer el café de Don Pedro. Estaba por irse cuando El Alto, que había querido a Don Pedro con la profundidad que merece la gente apasionada, le atrapó un brazo y le pidió que se quedara. "¿Quién era Don Pedro?", preguntó, fuerte, El Alto. Uno de los habitués del bar, El Pibe, respondió desde la admiración: "Era alguien que amaba al fútbol porque le gustaba que los hombres construyeran cosas con otros hombres". "¿Quién era Don Pedro?", volvió a interrogar El Alto. Fue El Gordo, otro amigo, el que contestó: "Un tipo que de chiquito vio una gambeta, se enamoró del buen gusto y le fue fiel toda la vida". "¿Quién era Don Pedro?", insistió El Alto. El Roto, otro polemista sagaz, lo describió entero: "Un cascarrabias que sentía dolor de pecho si un futbolista confundía al coraje con la deslealtad, un señor que explicaba que la victoria va y viene, pero las convicciones no". "¿Quién era Don Pedro?", repitió El Alto. El más viejo de los mozos del lugar pidió la palabra. Una emoción lo atravesaba desde la calva iluminada hasta las manchas invencibles de su camisa de mozo. Luego habló: "Era un caballero que no necesitaba tomar café para vivir despierto. Yo todavía le sirvo una taza no porque lo extrañe sino por que siento que sigue acá".
"Está acá, está en nosotros y es para siempre uno de nosotros", dijo El Alto, que intuyó que ya no hacía falta repetir su pregunta y de inmediato lanzó una discusión sobre la soledad de los punteros derechos. Todo el Bar de los Sábados debatió ese tema mientras en noviembre avanzaba otra tarde y del café de Don Pedro seguía saliendo humo.
martes, enero 10, 2006
Hablando con un sabio
Esa tarde se pasó el tiempo contestando lo que nadie más hubiera podido contestar. Le preguntaron sobre el equipo más extraño del mundo y contó la historia de una selección de barrio compuesto por jugadores que tenían dos letras "X" en el apellido. Lo examinaron sobre el arte de cabecear y describió los ángulos de la nuca de los mayores goleadores del planeta. Lo consultaron sobre todas las canchas y terminó detallando cuántos metros de gramilla hacía crecer la opulencia del hemisferio norte y cuántos habían dejado de crecer a causa de las penas del hemisferio sur.
Publicado el 7 de Noviembre de 2004 en el Diario Clarín
lunes, enero 09, 2006
Goleador de sueños
Eso explicaba que, semana a semana, El Roto deleitara a los concurrentes rituales del Bar de los Sábados, esa cumbre de discusiones de fútbol, con narraciones de sus mejores goles soñados. Una vez atrapó la atención de todos contando su vínculo difícil con un gol que se le escapaba. Fue un relato sencillo: "Me venía noche a noche, en el segundo sueño, mientras yo veía la red mansa, y las tribunas en fervor, y rivales que pasaban de largo. Nunca, ni en los peores lunes ni en los mejores viernes, yo encontraba el mejor lugar para hacer ese gol. Al acostarme, cambiaba de sitio en la almohada; dormido, variaba mi posición en el área. Pero nada daba resultado. Hasta que un martes, de nuevo en el segundo sueño, sentí la voz de un compañero que me avisaba: 'Es ahora, lo buscaste, te lo merecés'. Entonces, la pelota me rebotó en un muslo y entró".
Fascinado, uno de los que oía le dijo enseguida: "Así son los goleadores: siempre insisten". El Roto lo miró y le dio otra respuesta: "Me parece que los que siempre insisten son los hombres que sueñan". Después, apuntó la vista hacia todo el Bar de los Sábados y, bien despierto, contó otro sueño de gol.
Publicado el 31 de Octubre de 2004 en el Diario Clarín
domingo, enero 08, 2006
El fracaso del fracaso
Fue por eso que, junto con los discutidores más expertos del Bar de los Sábados, empezó a utilizar parte de los mismos sábados para sentarse en otros bares y romper con la comprensión dominante. Acaso la Batalla contra la Idea del Fracaso haya quedado inaugurada el mediodía en el que un entrenador les proclamó: "Si mi equipo pierde dos partidos seguidos, desde la tribuna me gritan 'fracasado'". El Gordo lo miró, manso, y le replicó: "Ya convenceremos algún día a las tribunas. Pero cuando le queden ganas, conteste que usted no es fracasado: fracasar es conversar con uno mismo y no tener nada para decirse".
Hubo bares en los que les devolvieron rechazos agrios y otros en los que debieron apelar mil veces a su argumento de cabecera: "Fracasar es no tener la posibilidad de ganar, empatar o perder, o sea que fracasar es no querer". Sin embargo, para El Gordo el mayor desafío fue enfrentar a La Dama, una discontinua participante del Bar de los Sábados de la que estaba enamorado en silencio. "Se vive fracasando en demasiadas cosas —explicó ella— y por eso es insoportable perder también en el fútbol". A las fuerzas que guardaba en lo más hondo de su panza tuvo que apelar El Gordo para refutarla: "Habrá que aprender, entonces, que en el resto de las cosas no estamos perdiendo, sino nada más que viviendo".
Hubo quienes dijeron que la Batalla contra la Idea del Fracaso era exactamente un fracaso porque no lograba alterar las lógicas imperantes sobre el juego y sobre la vida. En la mesa del Bar de los Sábados, El Gordo debió argumentar que se trataba de un nuevo error. "Fracasar no es no tener éxito mediato o inmediato, fracasar es no intentar", dijo, con una enorme medialuna estancada en el labio. Enseguida, se la devoró gustoso mientras pensaba en que ya llegará el día en que fracase el fracaso y que tal vez ese día La Dama, esa dulzura, también se enamore de él.
sábado, enero 07, 2006
Examen de ingreso
"Pregunta uno", le enunció El Roto, histórico asistente a ese templo de la reflexión: "¿Qué es una cancha?" El Pibe carraspeó para impulsarse el ánimo y respondió sin vacilaciones: "Una cancha es un sitio donde cabe todo lo que tiene que ver con el corazón". Fue un buen comienzo. "Pregunta Dos", se lanzó El Alto, otro viejo habitué. "¿Qué es un penal?", lo interrogó. El Pibe volvió a percibirse firme: "Es la tensión humana expresada en una fugacidad: dos hombres a todo o nada, mezclando intuición e inteligencia en un solo pelotazo".
Siguieron las preguntas y El Pibe fue ofreciendo dos certezas: sabía y sentía. O quizás una combinación: sabía porque sentía. Así llegó hasta la pregunta ochenta y seis, cuando El Roto lo exigió a fondo. "¿Qué es el fútbol?", le tiró a un metro de los oídos. El Pibe carraspeó de nuevo pero ya no de nervios, sino para sacar un sonido que guardaba en la garganta desde la tarde en la que su padre le explicó que una pelota es una belleza en el horizonte. Después miró a los que lo miraban y dio su contestación más corta: "El fútbol es un pretexto para respirar".
Fue la última respuesta porque fue la última pregunta. No hizo falta anunciar que el examen estaba aprobado. Alcanzó con que los miembros del Bar de los Sábados se abrazaran varias veces. El Pibe acarició los bordes de su silla y pidió café para quien quisiera. Los dos mozos viejos lo escucharon felices, como se escucha a alguien propio, y dejaron, por fin, de girar.
viernes, enero 06, 2006
Deportivo Desunidos
"¿Desunidos?", gritó El Alto, justo El Alto, que llevaba una vida argumentando que el fútbol reivindicaba a la humanidad porque era un punto de encuentro entre los hombres. El Roto dio precisiones: "Ellos creen que deben reflejar lo que es el fútbol ahora: una selva en la que importan las salvaciones privadas". Indignado pero no hundido, El Alto percibió cada hervor de su sangre. No necesitó más: apuntó hacia las puertas del Bar de los Sábados y dejó el lugar.
Volvió al rato, cansado como cada individuo que trabaja de más. El Roto y el resto no disimularon palpitaciones detrás de una señal. El Alto no se hizo rogar y habló con el aire que le quedaba: "Ya conversé con los muchachos. Les expliqué que armar un equipo es heredar toda una historia, decir la palabra compañeros, estar unidos. Nos entendimos: me contestaron que esta es otra época pero que van a luchar para cambiar las cosas".
—¿Y el nombre?, preguntó El Roto .
Lo que siguió fue un instante de pura intensidad. El Alto lo manejó con la calidad de un artista. Hizo dos gestos, dejó correr un suspenso y, al final, dio el dato: "El nombre se lo cambiaron. Lo pusieron Deportivo Desunidos Unidos...".
Publicado el 10 de Octubre de 2004 en el Diario Clarín.
jueves, enero 05, 2006
Un sueño de final
Un universo de sorprendidos se dibujó ante los ojos de El Alto y un amigo de siempre se amarró el corazón con una mano. "No fui, es la realidad —siguió— pese a que ustedes saben que yo daba la vida por ir". Un hombre con la voz hecha un tormento alcanzó a preguntarle por qué no había ido. El Alto, entonces, bajó por primera vez la vista y asumió otra verdad: "Me dormí".
Tanta sinceridad casi hace caer dos de los pósters desteñidos que colgaban de las paredes del Bar de los Sábados. De inmediato, El Alto volvió a apoderarse de la palabra y largó de un solo tiro todo lo que le remordía el pecho, y las vísceras y también el alma: "Me dormí. No sé por qué ni sé cómo. Y soñé que estaba ahí mismo, en la final, pero yo no era el que soy ahora, sino el de mi infancia, agarrado de los dedos de mi padre, pura felicidad. Y después fui otro, adolescente, pegado a los labios de una novia suave que me decía que me quería cada vez que había un gol y cada vez que no. Y al ratito gritaba con unos amigos que siguen siendo amigos, y con otros más, entrañables, que se me perdieron. Y enseguida vi la final, la vi clarita, y ganábamos, y a mi lado estaban ustedes, como en cada sábado" El Alto no se atrevió a decirlo pero sentía que si no se había despertado a tiempo era porque nadie nunca tiene ganas de interrumpir una felicidad.
Iba a contar más, ya con la lengua suelta, pero un ruido le partió el relato. Pensó que era uno de los pósters desteñidos que se había ido al piso definitivamente. Giró la cabeza para verificarlo y, en lugar de encontrar al póster en el piso, y al Bar de los Sábados, y a todos los que lo escuchaban, lo que vio fue su cuarto, fue su cama, fue su espejo que le devolvía la imagen de una cara de entresueños que era justo la suya. El Alto miró el reloj, asombrado. Era domingo, era de día, no cualquier día. En un rato se jugaba la final.
Publicado el 3 de Octubre de 2004 en el Diario Clarín
miércoles, enero 04, 2006
El Bar de los Sabados
Durante muchos años, en el Bar de los Sábados —un sitio donde sólo se hablaba de fútbol, lo que significaba que sólo se hablaba de la vida— la creencia dominante fue que el fútbol resultaba natural para los hombres porque en el centro mismo de la Tierra había cientos de pelotas que latían irradiando el juego. Esa teoría la había expuesto cuando todavía era joven uno de los viejos mozos del lugar y quedó instalada casi con la firmeza de una verdad hasta que el último sábado un parroquiano nuevo llegó más que ansioso y pidió la palabra. Todo el Bar de los Sábados hizo una cumbre de silencio cuando ese muchacho explicó, paso a paso, la Leyenda de la Hoja.
martes, enero 03, 2006
Contando pérdidas en el Bar de los Sábados
De todas las historias de pérdidas en el fútbol que se contaban en el Bar de los Sábados, ninguna era más emblemática que la de Wing. Wing había jugado toda una trayectoria deportiva, es decir toda una vida, sobre la raya derecha, haciendo crecer maravillas como quien planta flores en cualquier tierra. Una vez, lo ubicaron en el centro del campo bajo el argumento de que así sorprendería rivales. Sin embargo, el único sorprendido fue Wing, quien, alejado de la raya, no sólo no gravitó en el partido, sino que perdió referencia del mundo, ingresó en un estado de sustos consecutivos y quedó atrapado dentro de la cancha sin poder salir nunca más.
Hubo un sábado no tan distante en el que un joven contó el caso de un volante que en un entretiempo se metió en el túnel que conducía a los vestuarios y, luego de una mala curva, extravió el camino del retorno. Estuvo doce años girando hacia los cuatro puntos cardinales, vio destellos luminosos del Oriente y unas cuantas lluvias occidentales y, cuando lo creían definitivamente ausente, resurgió por la puerta en la que se había metido en la jornada en la que se quedó sin rumbo. En ese momento, estaba por empezar el segundo tiempo de un partido que, lógico, no era el mismo que él había dejado. Pero no se hizo problemas y, aunque no conocía a nadie de los que corrían a su lado, se puso, entusiasmado, a jugar.
A través de los años, en el bar de los sábados se escucharon historias de árbitros que habían perdido la fe en la justicia, y de delanteros que volvían a las canchas por las noches para ver si encontraban los goles que se habían perdido a la tarde, y de hinchas que regresaban cada semana a las tribunas para averiguar si allí permanecían viejas felicidades que las durezas cotidianas les habían hecho perder. El último sábado, tragando café amargo, alguien propuso que la renuncia de Marcelo Bielsa como técnico de la Selección Argentina fuera sumada a la lista de pérdidas notables: "Aunque a veces no coincidía con él, me gustaba que siempre se entregara a las audacias del juego y nunca a las demandas de los mercaderes de la pelota. Igual, la pérdida mayor no es esa: voy a extrañarlo porque era un entrenador que parecía entender que las victorias de la cancha son fantásticas, pero las de la conciencia suelen ser mejores".

