Los viejos compañeros
"No voy a decir que no tuvimos problemas defensivos, explicó El Alto, al tiempo que tragaba agua tratando de humedecer un paladar que también percibía dolorido. Y siguió: "Nuestro número 4, aquel pibito que era campeón de atletismo, no podía ni avanzar caminando de lo redondo que está; y el marcador central, nuestra garantía en el juego aéreo, no saltó ni una vez porque lo persigue una lumbalgia. Igual, ninguno de los dos perdió el coraje que los hizo buenos jugadores".
Envuelto en una relato que atrapaba atenciones, El Alto detalló que el 10, su socio en la mitad del campo, ya no exhibía esos movimientos que lo volvían elegante hasta cuando izaba la bandera; y que el 9, una luz en el área, había aceptado que ni recordaba la fecha de su último gol.
El Alto soltó diez risas con las historias del regreso y luego intentó dar y darse una razón para esa voluntad de reír. No pudo. "No sé qué nos hizo estar lejos tanto tiempo —admitió— y no sé tampoco qué circunstancia o qué fuerza nos metió de nuevo juntos en una cancha. Lo que sí sé es que hace mucho fuimos felices y que ahora, siendo los mismos pero a la vez siendo otros, nos sentimos felices también". En el Bar de los Sábados alguien pedía un café chico cuando El Alto pensó que nunca iba a entender del todo qué traía y qué quitaba el paso del tiempo, pero que, en cambio, tenía claro que los viejos compañeros eran, por más de una memoria, compañeros para siempre. Todo le dolía mientras pensaba eso. Todo menos el alma.


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