Hablando con un sabio
Aunque el Bar de los Sábados funcionaba como una especie de patria afectiva para los que se juntaban allí semana a semana a discutir sobre fútbol, no se trataba de un sitio que tuviera próceres o feriados. Sin embargo, había un acontecimiento que permanecía estampado en la memoria del lugar de la manera inamovible que corresponde a las grandes batallas, a las derrotas colectivas o hasta a las revoluciones. Podía recordarlo cualquiera: era el día en el que estuvo El Sabio. Lo había invitado El Gordo, un sensible que solía explorar las fascinaciones de la existencia, y el hombre había venido esa vez, sólo esa, calmo, suave, auténtico y profundo como buen sabio. Se notaba que no había hecho del fútbol un recurso para el placer del cuerpo. Para él, en cambio, el fútbol era un campo de conocimiento.
Esa tarde se pasó el tiempo contestando lo que nadie más hubiera podido contestar. Le preguntaron sobre el equipo más extraño del mundo y contó la historia de una selección de barrio compuesto por jugadores que tenían dos letras "X" en el apellido. Lo examinaron sobre el arte de cabecear y describió los ángulos de la nuca de los mayores goleadores del planeta. Lo consultaron sobre todas las canchas y terminó detallando cuántos metros de gramilla hacía crecer la opulencia del hemisferio norte y cuántos habían dejado de crecer a causa de las penas del hemisferio sur.
"Vieron, sabe todo", exclamó El Gordo cuando el visitante empezó a despedirse. Asintieron todos. Todos menos El Sabio, quien tuvo que desmentirlo: "No, no es así, fíjese que todavía no sé ni creo que sepa nunca por qué la letra 'O' puede volverse infinita cuando miles gritan gol, o cuánto cabe en el abrazo de dos desconocidos que se cruzan en un festejo, o dónde va a parar el aire que nos falta cada vez que nuestro equipo sufre un penal en contra. La verdad es que lo único que sé es que tengo voluntad de vivir aprendiendo". Casi con la última palabra en la boca, dejó el Bar de los Sábados, quedó de cara a la ciudad y detectó a tres chicos tirando pelotazos. "Estos sí que son sabios", alcanzó a decir. El Gordo escuchó apenitas esa frase final de aquella tarde. Pero todavía se acuerda de que después hundió la vista en una porción de torta de chocolate y pensó que los caminos del fútbol son infinitos y los de la sabiduría, también.
Publicado el 7 de Noviembre de 2004 en el Diario Clarín


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