De Rastron

sábado, enero 07, 2006

Examen de ingreso

Ni los dos mozos viejos que le giraban alrededor como caballos de calesita ni esas paredes descascaradas que amagaban estrecharse y venírsele encima ni tampoco los ojos de muchos apuntándole en la nariz. Nada de eso. Ahora que estaba ahí, lo más difícil para El Pibe era aguantar que las pestañas no le naufragaran en ese sudor como de dos partidos completos que le corría desde la frente. Estaba nervioso porque llevaba el tramo de la vida que va desde la infancia hasta el comienzo de la adultez imaginando ese momento. Aquel era el día de su cumpleaños veintiuno y también era el día de su examen de ingreso. Conocía lo que le llegaba: le iban a hacer diez o mil preguntas sobre fútbol. Y si aprobaba, cosa soñada, sería suya esa silla donde estaba sentado. Si aprobaba, sería suyo un lugar en ese mítico espacio de debates de fútbol que era el Bar de los Sábados.

"Pregunta uno", le enunció El Roto, histórico asistente a ese templo de la reflexión: "¿Qué es una cancha?" El Pibe carraspeó para impulsarse el ánimo y respondió sin vacilaciones: "Una cancha es un sitio donde cabe todo lo que tiene que ver con el corazón". Fue un buen comienzo. "Pregunta Dos", se lanzó El Alto, otro viejo habitué. "¿Qué es un penal?", lo interrogó. El Pibe volvió a percibirse firme: "Es la tensión humana expresada en una fugacidad: dos hombres a todo o nada, mezclando intuición e inteligencia en un solo pelotazo".

Siguieron las preguntas y El Pibe fue ofreciendo dos certezas: sabía y sentía. O quizás una combinación: sabía porque sentía. Así llegó hasta la pregunta ochenta y seis, cuando El Roto lo exigió a fondo. "¿Qué es el fútbol?", le tiró a un metro de los oídos. El Pibe carraspeó de nuevo pero ya no de nervios, sino para sacar un sonido que guardaba en la garganta desde la tarde en la que su padre le explicó que una pelota es una belleza en el horizonte. Después miró a los que lo miraban y dio su contestación más corta: "El fútbol es un pretexto para respirar".

Fue la última respuesta porque fue la última pregunta. No hizo falta anunciar que el examen estaba aprobado. Alcanzó con que los miembros del Bar de los Sábados se abrazaran varias veces. El Pibe acarició los bordes de su silla y pidió café para quien quisiera. Los dos mozos viejos lo escucharon felices, como se escucha a alguien propio, y dejaron, por fin, de girar.

Publicado el 17 de Octubre de 2004 en el Diario Clarín