De Rastron

jueves, enero 05, 2006

Un sueño de final

El Alto llegó hasta el Bar de los Sábados con los pies vueltos dos velocidades y con una lluvia de sudores inundándole las cejas. Doce remordimientos le golpeaban su pecho de hincha de fútbol, mientras una necesidad invencible lo empujaba a abrir la boca y hablar. Cruzó la puerta, atrapó una silla, enfocó a los presentes que como cada sábado estaban allí haciendo de la pelota una posibilidad de pensar, y, por fin, desparramó su confesión: "Muchachos, les fallé: yo no fui a ver aquella final".

Un universo de sorprendidos se dibujó ante los ojos de El Alto y un amigo de siempre se amarró el corazón con una mano. "No fui, es la realidad —siguió— pese a que ustedes saben que yo daba la vida por ir". Un hombre con la voz hecha un tormento alcanzó a preguntarle por qué no había ido. El Alto, entonces, bajó por primera vez la vista y asumió otra verdad: "Me dormí".

Tanta sinceridad casi hace caer dos de los pósters desteñidos que colgaban de las paredes del Bar de los Sábados. De inmediato, El Alto volvió a apoderarse de la palabra y largó de un solo tiro todo lo que le remordía el pecho, y las vísceras y también el alma: "Me dormí. No sé por qué ni sé cómo. Y soñé que estaba ahí mismo, en la final, pero yo no era el que soy ahora, sino el de mi infancia, agarrado de los dedos de mi padre, pura felicidad. Y después fui otro, adolescente, pegado a los labios de una novia suave que me decía que me quería cada vez que había un gol y cada vez que no. Y al ratito gritaba con unos amigos que siguen siendo amigos, y con otros más, entrañables, que se me perdieron. Y enseguida vi la final, la vi clarita, y ganábamos, y a mi lado estaban ustedes, como en cada sábado" El Alto no se atrevió a decirlo pero sentía que si no se había despertado a tiempo era porque nadie nunca tiene ganas de interrumpir una felicidad.

Iba a contar más, ya con la lengua suelta, pero un ruido le partió el relato. Pensó que era uno de los pósters desteñidos que se había ido al piso definitivamente. Giró la cabeza para verificarlo y, en lugar de encontrar al póster en el piso, y al Bar de los Sábados, y a todos los que lo escuchaban, lo que vio fue su cuarto, fue su cama, fue su espejo que le devolvía la imagen de una cara de entresueños que era justo la suya. El Alto miró el reloj, asombrado. Era domingo, era de día, no cualquier día. En un rato se jugaba la final.

Publicado el 3 de Octubre de 2004 en el Diario Clarín