Un café para Don Pedro
Este sábado, el último, el mozo más viejo del lugar se acercó como cada vez para traer el café de Don Pedro. Estaba por irse cuando El Alto, que había querido a Don Pedro con la profundidad que merece la gente apasionada, le atrapó un brazo y le pidió que se quedara. "¿Quién era Don Pedro?", preguntó, fuerte, El Alto. Uno de los habitués del bar, El Pibe, respondió desde la admiración: "Era alguien que amaba al fútbol porque le gustaba que los hombres construyeran cosas con otros hombres". "¿Quién era Don Pedro?", volvió a interrogar El Alto. Fue El Gordo, otro amigo, el que contestó: "Un tipo que de chiquito vio una gambeta, se enamoró del buen gusto y le fue fiel toda la vida". "¿Quién era Don Pedro?", insistió El Alto. El Roto, otro polemista sagaz, lo describió entero: "Un cascarrabias que sentía dolor de pecho si un futbolista confundía al coraje con la deslealtad, un señor que explicaba que la victoria va y viene, pero las convicciones no". "¿Quién era Don Pedro?", repitió El Alto. El más viejo de los mozos del lugar pidió la palabra. Una emoción lo atravesaba desde la calva iluminada hasta las manchas invencibles de su camisa de mozo. Luego habló: "Era un caballero que no necesitaba tomar café para vivir despierto. Yo todavía le sirvo una taza no porque lo extrañe sino por que siento que sigue acá".
"Está acá, está en nosotros y es para siempre uno de nosotros", dijo El Alto, que intuyó que ya no hacía falta repetir su pregunta y de inmediato lanzó una discusión sobre la soledad de los punteros derechos. Todo el Bar de los Sábados debatió ese tema mientras en noviembre avanzaba otra tarde y del café de Don Pedro seguía saliendo humo.


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