De Rastron

jueves, enero 12, 2006

El nene ya anda solo

Trece lágrimas largas y lerdas soltó El Gordo sobre la mesa del Bar de los Sábados antes de recuperar el habla y el aire que había perdido desde la noche anterior. El Gordo daba pena no sólo porque lloraba como jamás había llorado, sino porque lo acompañaba el temblor que evidencian los que sienten que se les desarma el mundo. Un minuto más tarde, del modo en que podía o en que no podía, empezó a confesarse. No lo atormentaba ni una derrota en un partido ni una caída en el campo del amor. Lo que le pasaba era que El Nene, su hijo, 18 años, un sueño hecho gente, le había avisado, así nomás, como se avisa que hay sol o que hay hambre, que el domingo siguiente no lo esperara: El Nene se iría a la cancha solo. Eso era todo. Pero también era más que lo que El Gordo podía soportar.

"Ni está enojado ni está provocador", contó El Gordo mientras un trago de café tibio le mojaba sus dos últimas muelas sanas. "Dice que me ve cansado, que me ve sin tiempo, que no me quiere molestar", añadió, con otro trago humedeciéndole la voz. El Roto, miembro clave del Bar de los Sábados, opinó que se trataba de una ansiedad de juventud. Pero El Gordo lamentó desmentirlo: "Creo que es otra cosa: El Nene creció."

Como suele ocurrirles a las personas cuando hablan con las personas, El Gordo se fue calmando. Quizá por eso engalanó el Bar de los Sábados narrando una de las historias más dulces de su vida: la tarde en la que por primera vez fue con El Nene a la cancha. Lo recordaba con las manos chiquitas, repitiendo "papá" a cada rato y desbordando de asombro porque miles de señores no paraban de pronunciar "malas palabras". En los años que siguieron, esos asombros cambiaron por más asombros en el fútbol. Y lo que compartieron en la cancha se les grabó a los dos como una memoria irrompible.

"Alguna vez van a volver a ir juntos", lo consoló El Roto. "Así es —contestó El Gordo—, y otras veces lo voy a tener que extrañar." Dijo esa frase con la vista puesta en uno de los pósters desteñidos del Bar de los Sábados y con la certeza de que un padre no es más que un hombre que va creciendo mientras ve a los hijos crecer. Eso pensó, como un descubrimiento, al tiempo que pedía un café dulce. Enseguida tuvo unas ganas infinitas de que apareciera El Nene para darle un abrazo. Ya no lloraba.

Publicado el 21 de Noviembre de 2004 en el Diario Clarín