De Rastron

domingo, enero 22, 2006

Conversador de fútbol

Igual que el retrato de alguno de los padres de la patria en las aulas de la escuela o que la imagen de un bisabuelo engominado en las repisas familiares, la foto del Manso engalanaba en todas las horas las paredes descascaradas del Bar de los Sábados. Ahí estaba, fantástico: tenía la camiseta de un equipo indefinido, una pelota número 5 acariciándole la axila derecha y una sonrisa inamovible y feliz. No había sido un jugador destacado ni un señor notorio fuera de los límites de ese recinto de barrio en el que cada sábado un puñado de gente ilusionada compartía discusiones de partidos, buches de cafés y recuerdos varios. Pero el Manso había entendido, quizás como nadie, que hablar con el alma de goles y de canchas era un pretexto rico para tratar de entender la existencia. No por nada, cuando alguien le pedía que se presentara, sacaba del bolsillo una tarjeta pequeña que revelaba su mayor identidad. Decía así: "El Manso, conversador de fútbol".

Y eso era, de la misma manera en que otros son odontólogos, subgerentes, matemáticos o masajistas. El Manso exponía de fútbol con la erudición de un entrenador, la voz de un barítono y la sensibilidad de un poeta. Sin jactancia, solía evocar que a su tercera novia la conoció arriba de un ómnibus y le fue contando historias de partidos jugados en algunas de las esquinas que iban dejando atrás. "En aquel rincón que estamos viendo, un muchacho flaco pateó una vez un córner. No sólo tiró una pelota. Con su pierna derecha empujó un esfuerzo y una esperanza, un desafío al aire y una alegría posible…", relató tras cruzar una avenida ancha. La chica, a partir de ese segundo su tercera novia, no le permitió seguir hablando y, emocionada, le entregó un beso que duró el resto del trayecto.

No convendría confundirse. Para el Manso, el fútbol no significaba todo. Como millones, trabajaba desde el sol hasta la noche y, también como millones, se inquietaba por lo que le ocurría a sus seres próximos, averiguaba la temperatura de cada día y temblaba por las injusticias del mundo. Conversar de fútbol, en todo caso, representaba su modo de acercarse a la belleza, a la tristeza o a la sencillez de las cosas.

A sus hijos los hizo dormir mil noches con cuentos de penales bien pateados, a la fugacidad de las vacaciones la llamaba "el entretiempo" y a las disputas del poder político y económico las describía minuciosamente como si fueran torneos en los que casi siempre los mismos lograban salir campeones. Al Bar de los Sábados, el Manso no faltaba nunca y hasta de viejo, en los años últimos, cautivaba en las polémicas en las que aseguraba que el fútbol podría repeler a la colección de basuras que lo habían ido atrapando y continuaría siendo un juego hecho de dignidad.

Cuando se murió, cada quien que fue a despedirlo repasó con la voz baja y el corazón cálido alguna de las charlas sobre áreas chicas, suplentes anónimos o arqueros heroicos de las que el Manso había participado y disfrutado. No hubo otros rituales. Después, los buenos amigos colgaron esa foto tierna que reluce en el Bar de los Sábados. Ahí está y seguirá estando el Manso, conversador de fútbol como decía su tarjeta, reivindicador de emociones, francamente todo un hombre.

Publicado el 13 de Noviembre de 2005 en el Diario Clarín