Una votación para cerrar el calendario
El que primero votó fue El Gordo mientras dos sudores inmensos le navegaban por la cara también inmensa. No transpiraba a causa de las temperaturas fieras de otro diciembre ni tampoco porque los ventiladores oxidados del Bar de los Sábados le giraran lejos con la lentitud de un antiguo volante central. Si estaba agobiado o acalorado no era por las maldiciones del termómetro, sino porque la ansiedad le anudaba cada una de las cuerdas vocales. Nadie que lo miraba estaba sorprendido. Al cabo, a todos les pasaba lo mismo cuando llegaba ese sábado, el que cerraba el calendario, y en el Bar de los Sábados, lugar de fútbol, lugar del pensamiento, lugar de reunión, se cumplía un rito clásico y comprometido. Había que elegir a los hombres del año en el fútbol.
El Gordo tosió y logró, por fin, hablar, justo cuando uno de sus sudores se le apoyaba en el labio: "Yo voto por un delantero que le dedicó un gol a cada persona del mundo que quiere hacer el bien. Como, contra lo que parece, no es poca esa gente, el delantero se volvió un goleador formidable por ser un hombre agradecido". El Roto admitió que se trataba de un buen voto y se animó a lanzar el suyo: "Yo elijo a un hombre que había perdido el sentido de las cosas, igual que le sucede a miles, pero decidió no darse por vencido. Volvió de a poco a la cancha de su barrio para encontrar viejos aromas y alegrías guardadas. Ahora no se sacó de encima las derrotas de la existencia, pero recuperó un lugar desde el que puede pelear y soñar".
La Dama le dio su sufragio a un defensor que tuvo la capacidad de detectar al amor de su vida después de una tarde en la que hizo dos goles en contra. Y El Pibe aplaudió esa elección pero prefirió a un arquero que confesó lo que muchos arqueros callan: le gustaba estar en el arco no para tapar pelotazos, sino para tener un sitio donde pensar.
Hubo votos principistas, votos polémicos y votos emocionantes. Así fue hasta que El Alto, cuya sabiduría consistía en saberse un hombre común, cerró la votación: "Yo voto por los que hablan de fútbol porque tienen necesidad de que los escuchen. También voto por los que saben que jugar o comentar un partido es desafiar a la soledad. Y voto por las mesas de los bares, y por los cafés largos, y por sentarse a escuchar a los amigos, y por los que creen que, a pesar de que no llueven noticias buenas, alguna vez y en alguna parte nos sigue esperando un gol". No hizo falta explicar por qué ese voto se volvió todos los votos. Inclusive un viejo mozo del Bar de los Sábados terminó de escuchar lo que decía El Alto y tuvo la certeza de que él y muchos como él también eran hombres del año. Eso sintió exactamente mientras en el aire intenso de la tarde se respiraba algo que no tenía ningún nombre y ningún dueño pero seguro se parecía a la felicidad.


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