Todo un equipo
"Yo vi al mejor equipo", dijo El Pibe sin un solo titubeo, entre los calores del Bar de los Sábados. "Yo lo vi", dijo por vez segunda porque hay afirmaciones que merecen pronunciarse al menos dos veces. "Yo lo vi —repitió— y tardé en darme cuenta de que ese equipo era el mejor porque a sus jugadores les pasaba algo que cada tanto pasa: habían nacido para jugar juntos".
El más viejo de los mozos le trajo un vaso con agua y El Pibe siguió: "Uno, el arquero, atajaba pelotazos en cualquier lugar del aire porque había migrado de un sitio a otro como parte de un pueblo perseguido y quería palpar, por fin, algo firme con las manos. Otro, un marcador de punta, creció en un hogar de clase media de un país con clase media soñando con tener un buen comercio y por eso tuvo un buen comercio. Otro más, el volante central, era cosechero y nieto e hijo de cosecheros que trabajaban de sol a sol y de sombra a sombra, y jugaba al fútbol porque no sabía qué hacer con el cuerpo cuando dejaba de cosechar".
En el Bar de los Sábados, donde el fútbol, la existencia y las conversaciones eran cada semana una sola cosa, no había nadie que no estuviera cautivado. El Pibe avanzó: "El número 6 era blanco, el número 2 era negro, el número 7 sentía que llevaba a Dios en los botines y el número 9 ni había oído hablar de Dios. El 10 se dormía pensando en mujeres audaces, se levantaba ansiando autos veloces y entre una situación y otra no paraba de jugar. Y el 11 quería ser poeta pero le daba pudor escribir versos y, en cambio, gambetear lo volvía audaz".


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