De Rastron

sábado, enero 14, 2006

Todo un equipo

"Yo vi al mejor equipo", dijo El Pibe sin un solo titubeo, entre los calores del Bar de los Sábados. "Yo lo vi", dijo por vez segunda porque hay afirmaciones que merecen pronunciarse al menos dos veces. "Yo lo vi —repitió— y tardé en darme cuenta de que ese equipo era el mejor porque a sus jugadores les pasaba algo que cada tanto pasa: habían nacido para jugar juntos".

El más viejo de los mozos le trajo un vaso con agua y El Pibe siguió: "Uno, el arquero, atajaba pelotazos en cualquier lugar del aire porque había migrado de un sitio a otro como parte de un pueblo perseguido y quería palpar, por fin, algo firme con las manos. Otro, un marcador de punta, creció en un hogar de clase media de un país con clase media soñando con tener un buen comercio y por eso tuvo un buen comercio. Otro más, el volante central, era cosechero y nieto e hijo de cosecheros que trabajaban de sol a sol y de sombra a sombra, y jugaba al fútbol porque no sabía qué hacer con el cuerpo cuando dejaba de cosechar".

En el Bar de los Sábados, donde el fútbol, la existencia y las conversaciones eran cada semana una sola cosa, no había nadie que no estuviera cautivado. El Pibe avanzó: "El número 6 era blanco, el número 2 era negro, el número 7 sentía que llevaba a Dios en los botines y el número 9 ni había oído hablar de Dios. El 10 se dormía pensando en mujeres audaces, se levantaba ansiando autos veloces y entre una situación y otra no paraba de jugar. Y el 11 quería ser poeta pero le daba pudor escribir versos y, en cambio, gambetear lo volvía audaz".

Un miembro del Bar de los Sábados confesó una imaginación: "Lo que habrán sido las charlas entre esos tipos, todos diferentes, todos cruzando sus vidas". El Pibe se sintió obligado a recuperar la palabra: "La verdad es que jamás hablaron sobre lo que les pasaba. Jugaron años y años pero nunca ninguno conoció la historia de los otros. Sólo sabían que en los ratos en los que pisaban juntos el césped ocurría algo encantado que hacía que el mundo desapareciera, y que los asuntos personales se tomaran descanso, y que todo lo que valía la pena hacer y deshacer en la Tierra estuviera ahí, en la cancha". Cuando terminó de hablar, entre las mesas gastadas del Bar de los Sábados había silencio y no hacía falta que El Pibe aclarara que eso que acababa de describir, eso mismo, es el fútbol.

Publicado el 5 de Diciembre de 2004 en el Diario Clarín