De Rastron

miércoles, enero 18, 2006

El arbitro goleador

La vio venir así, redondita, preciosa, perfecta, sabrosa como una fruta madura, una tentación verdadera. Brian Savill no dudó: esa pelota merecía un golpe maestro. Cuando la sintió cerca, estiró levemente la mano, la palpó en un roce suave, y, no bien empezó a caer, sacó un derechazo exacto, soñado, que hizo clavar la bola como una piedra en la red. Savill estaba convirtiendo el gol más grande de su vida y uno de los mejores de la historia del equipo inglés Wimpole 2000. Algunos espectadores lo aplaudieron enseguida, casi emocionados. A otros, en cambio, los paralizó el asombro. Ese no era un gol que se podía ver cada día. Y no por la calidad irreprochable de la definición, sino por el autor. Por Savill. Que no sólo se había vuelto un goleador. También era el árbitro del partido.

"No sé por qué lo hice. Sólo fue un impulso" dijo Savill, con la ingenuidad de un chico salido de una travesura, apenas lo consultaron. Pero si su pelotazo fue un empujón del instinto, todo lo que siguió pareció deliberado: el árbitro transformado en delantero se disparó festejando hasta el medio de la cancha y hasta recibió con gusto un apretón de manos de un futbolista del equipo al que acababa de marcarle el gol.

Todo fue entre sonrisas desde la jornada de setiembre en que ese gol se hizo cierto hasta estas horas, en las que la asociación de fútbol de Colchester, Essex, castigó al árbitro con una suspensión de siete semanas. Savill no se hizo esperar. Con la misma determinación con la que impactó su tiro más célebre, anunció su renuncia del referato y apuntó que a las autoridades les faltaba algo de humor.

Hay que decirlo: Savill no decidió dimitir porque lo invadía una ofensa. Le ocurría otra cosa: en lo profundo, en el rincón íntimo donde un hombre habla en soledad con su conciencia, sentía que aquel gol había constituido un acto de justicia. Lo podía explicar. Cuando pasó lo que pasó, el Wimpole 2000 andaba en pleno sufrimiento. Perdía 18 a 1 —ni un gol más pero tampoco ni uno menos— frente al Earls Colne. Y un individuo de buen corazón sabe de tolerancias pero siempre llega hasta un límite. En 47 años de existencia y 18 de arbitraje, Savill había sido testigo de muchas de las tristezas que cobija la condición humana. Acaso ésta, la de la actuación del Wimpole 2000, vulneraba su resistencia completa. Así que cuando percibió la posibilidad de alumbrar una dicha, no dejó que la ocasión pasara. ¿Quién puede negarle que ese gol, ese golazo, tenía que ver con la alegría?

Ahora está en la memoria. Más que el día en que Juan Carlos Loustau, un ex juez argentino, le dio la mano a Walter Perazzo por un gol extraordinario. Y casi como Gallardo Pérez, aquel referí increíble de un cuento de Osvaldo Soriano, que arrancaba dispuesto a arreglar el resultado de un partido y terminaba con los dientes rotos proclamando que era un tipo derecho. Habrá quien piense que Savill fue un ingenuo, un pavo y hasta un irresponsable. Es probable, muy probable, que él haya desembocado en una conclusión opuesta. Corresponderá respetarlo. Al fin y al cabo es un hombre que, de una patada sola, consiguió lo que estos tiempos vuelven un sueño duro: se sintió justo y feliz.

Publicado el 20 de Enero de 2002 en el Diario Clarín.

PD: Como verán, este relato no hace incapie en El Bar de los Sabados. Es un texto publicado por Ariel Scher antes de los cuentos que vengo publicando en este Blog. Lo publico ya que me gusto mucho y con esto cierro lo publicado en el 2004 para dar comienzo a otros año.