Nacimiento de fútbol
Pura energía, el Alto abrió las puertas del Bar de los Sábados con diez comentarios de fútbol bailándole en la boca y la ansiedad encantadora que lo dominaba en cada sábado de bar. Como todas las semanas, entró y miró ese horizonte entrañable de mesas y de sillas en el que cabían felicidades y vidas como la suya. Miró y no creyó. Miró de nuevo y de nuevo no creyó. Miró y miró lo que allí nunca había sido posible mirar. Nunca: ni en las tardes en las que había tormentas de angustia ni en las horas previas a los años nuevos. Nunca, pero era así: dos hombres enfundados en verdaderos guardapolvos de médico y tres mujeres con chaquetas de enfermera atendían a otra mujer, una desconocida en ese recinto en el que cada sábado el fútbol era una excusa para entender la existencia
—¿Qué pasa?—, dijo el Alto, un tipo sobrio al que nadie le conocía gestos torvos como el que en ese instante le atrapaba la cara entera.
Uno de los mozos, un individuo que también era un trazo inalterable del horizonte del Bar de los Sábados, le contestó con dos palabras:
—Ya nace.
—¿Quién nace?—, insistió el Alto, con otro gesto debutante: el del desconcierto.
Una voz que no era la del mozo ni tampoco la de nadie que guardara calmas le contestó desde el fondo del bar. Otra vez la respuesta tenía dos palabras:
—Mi hijo...
La voz era del Roto, habitué histórico del Bar de los Sábados, fino analista de los vaivenes de la pelota, alguien que estaba a punto de ser padre.
—Quiero que nazca acá —se extendió el Roto, mientras su mujer pujaba con la fuerza de una hinchada campeona y los médicos la orientaban como si fueran entrenadores sabios.
Al Alto, asombrado, ya no le quedaba ni un gesto pendiente. El Roto palpitaba, se estremecía, sudaba y le hablaba:
—Quiero que nazca acá porque acá está lo mejor de mí: mi pasión sin traiciones por el fútbol, mi certeza de que existen compañeros, mi posibilidad de hablar con otros, mi lealtad a un lugar al que vuelvo y vuelvo, mi universo para compartir que un penal es mucho más que un penal y que un arquero en el aire es un viaje de montones, mi convicción de que hay vínculos que son para siempre, mi espacio para colocar lo mejor que me enseñó mi padre, mi refugio para ensayar lo que le voy a decir a mi hijo...
El Roto iba a seguir, pero no siguió. Un llanto de chiquito le interrumpió la confesión, le quebró las palpitaciones, le secó uno por uno los sudores y le cambió definitivamente el mundo. "Mi hijo", pronunció el Roto, que, como si estuviera en una tribuna en medio de una circunstancia cumbre, abrazó alternativamente a su mujer y a los médicos, al mozo y a las enfermeras, a las sillas del Bar de los Sábados y también al Alto. Después lloró un rato largo del modo en que sólo se llora en esas veces, pidió café para todos porque ese era el ritual irrompible del Bar de los Sábados y alzó a su hijo por vez primera. El Alto lo enfocó con lo mejor de las pupilas y tragó dos sorbos de café consecutivos mientras sentía que desde lo más profundo de su condición de hombre le venían unas ganas maravillosas de gritar gol.


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