De Rastron

lunes, enero 30, 2006

Las canchas del Sur

El Pibe regresó al Bar de los Sábados con una barba despareja que amagaba con esconderle el cuello. Avanzaba con el cuerpo más angosto que de costumbre, cargaba una mochila llena de mapas y alcanzaba con enfocarlo una vez para saber que si los párpados y las pupilas y también las pestañas le lucían como encendedores era porque había visto la vida. Una felicidad hecha hombre parecía el Pibe en ese sábado, en el que todos los parroquianos de cada sábado del bar le entregaban el afecto y los oídos para escuchar cómo le había ido. La recepción y la expectativa tenían justificación entera: durante un año había planificado el Pibe el viaje soñado del que estaba volviendo. Ahora podía contarlo, podía decir que había encontrado lo que había buscado: ya conocía las canchas del Sur del mundo.

—Ni hay ni puede haber nada igual—, fue lo primero que el Pibe les dijo al Gordo, y al Alto, y al Roto, y a un mozo veterano que lo miraba inmóvil, con una taza de café en cada mano.

El café activó la lengua del Pibe: "En el principio del Sur del mundo, hay una cancha con un lago en el círculo central. Cuando la pelota cae en el lago, los jugadores de los dos equipos se encuentran en las orillas y se cuentan cómo va la existencia, cómo crecen los hijos y qué se hizo del último amor. Después, cuando la pelota sale, siguen jugando".

El Pibe se apropió de uno de los dos cafés que portaba el mozo veterano y continuó: "Unos kilómetros más adelante, hay otra cancha deslumbrante. A simple vista, no tiene nada. Parece una cancha cualquiera y hasta una cancha sin gracia. Sin embargo, si algún jugador hace un golazo, en los bordes de la cancha empiezan a germinar césped y flores, frutos y jardines, y la cancha se transforma en una maravilla de la naturaleza. Cuando el partido se acaba y el efecto del golazo cesa, el césped, las flores, los frutos y los jardines se desvanecen o se esconden para reaparecer en el próximo partido o en la vez que sea. Sólo retornarán cuando haya otro golazo".

El Gordo registraba cada pormenor, el Alto oía como si fuera una canción, el Roto se frotaba los ojos. El Pibe atrapó el segundo café. Y siguió: "Vi una cancha en la que la gente juega únicamente cuando se está cerrando el atardecer porque ese es un modo de invitar a la noche para que comparta los partidos. Y vi una cancha que tiene comienzo pero no tiene final, por lo que los jugadores corren libres entre las montañas y entre los ríos y, al no encontrar el final, disponen de la excusa perfecta para no parar de jugar al fútbol. Y vi una cancha, acaso la más increíble, en la que llueve aunque a los costados haya sol. Es una cancha diseñada por futbolistas cuyo mejor recuerdo de la infancia es un partido en el barro. Yo pensé que esa cancha era una leyenda, pero ahí, en el Sur, está".

Entusiasmado como si prosiguiera su viaje, el Pibe dio detalles de canchas y canchas hasta que llegó a la que estaba más al sur del Sur. "Hay un pueblo mínimo que fue una ciudad grande hasta que la arrasaron diez traidores y mil descuidos. Los pocos habitantes que quedaron levantaron algunas casas, alguna escuela y también una cancha, una cancha que es modesta y es hermosa. Dicen que no la hicieron rápido para saciar un apuro general por jugar al fútbol. Dicen que una cancha es un lugar donde ser con otros y que ahora la tarea de todos es reconstruir un pueblo, o sea la vida con otros".

En el Bar de los Sábados, el Pibe no agregó nada más y los demás repasaron los goles mejores de los últimos tiempos. El mozo veterano dio tres pasos, pobló a gusto varias tazas de café y pensó que los grandes viajes pueden llegar hasta bien lejos o hasta muy cerca pero casi siempre conducen al corazón de los hombres.


Publicado el 5 de Febrero del 2006 en el Diario Clarín