El hincha del arbitro
El Roto avanzaba con la garganta molida, la voz hecha dolores y el alma apagada cuando entró al Bar de los Sábados con dos muecas de derrota. "No se dio", dijo en esa tarde, en la que como en todas sus tardes de sábados desplegaba el itinerario que iba desde alguna cancha hasta el mítico bar. "Tuvimos toda la voluntad, pero al final, justo al final, las cosas se complicaron", se explayó con sonidos que apenas se dejaban oír. Entrenado en escucharlo, el Alto le preguntó qué había pasado. El Roto dibujó una tercera mueca de derrota y pronunció una certeza: "Cobramos un penal que no era penal. Casi nos matan". El Alto lo entendió, resignado. Tanto él como todos los miembros del Bar de los Sábados sabían que el Roto tenía una única singularidad en la existencia: era hincha de un árbitro.
Ni el propio Roto conocía cómo había empezado esa devoción irrepetible. Algunos creían que el origen profundo era un acto de conmiseración dedicado a un ser que corría solo de afecto en medio de gentes acompañadas por alientos múltiples. Pero no. Al Roto, el árbitro no le parecía un abandonado al insulto, sino un portador de la virtud que define si un hombre es de verdad un hombre: era alguien que no eludía tomar decisiones, o sea alguien que cargaba con el peso de la vida.
Acaso por eso, el Roto reverenciaba el día en el que su árbitro dio un córner en el ángulo derecho a favor de un equipo que jamás atacaba por ese sector y, cuando le preguntaron por qué lo hizo, contestó: "Me di cuenta de que en la tribuna, atrás de ese rincón de la cancha, había un chico que nunca había visto una pelota de cerca". Entre muchas, enarbolaba otra memoria grandiosa: un jueves, en un invierno de agobios, el árbitro sancionó un gol inexistente en un partido que iba 0 a 0 porque no quería añadirle al universo otra sensación de vacío.
Aquella tarde del penal mal cobrado, el Roto necesitó un rato para regenerar el ánimo. Cuatro cafés bien servidos le permitieron resucitar la voz. Cuando lo logró, mostró una tarjeta que era roja y era vieja, y contó más historias de ese árbitro noble. Mientras en el Bar de los Sábados se anunciaba la noche, el Roto hablaba intensamente. Hablaba como habla alguien que, a pesar de los abismos de este mundo, siente que el mejor de todos los equipos siempre es el de los justos.


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