El hombre que hace lo que siente
Todas eran humedades vigorosas y calmas que anunciaban otras calmas en el Bar de los Sábados. Nada presagiaba nada, salvo que los ocupantes del bar contarían historias del fútbol y de la existencia como lo hacían una vez cada siete días en ese exacto lugar. En eso, entró el Roto. Había que verlo: tenía veinte ansiedades en la respiración y una urgencia en el fondo de la lengua. El Gordo intentó saludarlo, el Pibe probó interrogarlo, el Alto quiso recibirlo. No fue posible. El Roto atacó primero, con la garganta dramática y tres ansiedades más. Al instante, se descargó: "Se trata de mi hermano: dice que quiere cumplir su última voluntad".
Un asombro colectivo bordeó las tazas de café, escaló por las paredes del Bar de los Sábados y se metió entre las telarañas que hacía lustros controlaban el sector sur del techo. El Roto percibió ese asombro y recuperó la palabra. "Mi hermano anda en el camino que va de la tristeza al vacío. Imagínense: hace veinte años que es arquero y mañana se retirará. Juega su último partido y no quiere irse sin hacer lo que siente". "¿Un gol?", razonó el Gordo, previsible. El Roto desplegó un gesto de negación y develó esa voluntad última: "Mi hermano se pasó toda una vida en los extremos de la cancha. Ahora quiere escaparse de golpe del arco y conocer el círculo central".
Una semana después, en una tarde que, de nuevo, se llenaba de humedades y de calmas, llegó El Roto al Bar de los Sábados. Esta vez no traía ansiedades pero sí algo para compartir. "Tengo una historia necesaria en este tiempo, la historia de un hombre que hizo lo que sentía: mi hermano se escapó de golpe del arco y conoció el círculo central". Todos los que lo escucharon tuvieron la tentación honda de aplaudir un rato o de pedir un brindis. Pero el Roto les entregó más: "Y lo mejor es que ya no anda en el camino que va de la tristeza al vacío. Ahora modela un proyecto: ayudar a que los jugadores que se mueven en el círculo central puedan algún día conocer el arco". La tentación de aplaudir se volvió aplauso y los brindis vinieron enseguida. Una atmósfera de fiesta cruzaba el Bar de los Sábados mientras alguien decía que un hombre que hace lo que siente no empuja su última voluntad, sino que está construyendo próximas y gloriosas voluntades.


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