Un hombre de festejos
Al Gordo le parecía que todavía lo estaba viendo. Subía las pestañas y lo veía, bajaba los párpados y lo veía, cerraba los ojos —los ojos grandes, los ojos siempre en estado de descubrimiento, los ojos plenos de la gente plena como el Gordo— y, aun con los ojos cerrados, lo veía. El Gordo se sentía tan perplejo como cuando en la primera infancia un ídolo de su barrio lo cruzó en el almacén y le dijo "buen día". Se lo contó ese sábado a la tarde a todos sus compañeros del Bar de los Sábados con palabras que se le escapaban como cataratas: "Vi a un hombre, un hombre que tenía el aspecto de cualquier hombre, que palpitaba en la tribuna como cualquier hombre y que, cuando su equipo metió un gol, reaccionó como nunca vi reaccionar a ningún hombre". "¿Qué hizo?", le preguntó el Alto, mitad curioso, mitad alarmado. El Gordo pudo enfocar, por fin, las pupilas en algo que no fuera la memoria de ese hombre y, precipitado, contestó: "Gritó el gol, se paró y besó a alguien, dio un paso y le sonrió a alguien más, dio otro paso y, a la vez, un abrazo a otro señor, y siguió así hasta celebrar con cada persona que estaba en la cancha. Nunca vi algo igual". El Alto, que continuaba escuchando atento, trató de atenuar la expectativa que envolvía al Bar de los Sábados: "Ese hombre tendría un día especial. Todos, de tanto en tanto, tenemos un día especial". Pero el Gordo pateó ese argumento con la firmeza de un defensor que necesita apretar los dientes y las piernas para espantar una pelota incierta de su área: "No, no era un día especial, siempre festejaba así. Y no sólo los goles. Eso era lo asombroso: se trataba un hombre que vivía festejando".
Imparable, el Gordo volcó más. Dijo que la observación de ese hombre lo llevó a hablar con otros hombres que lo rodeaban en la popular. Uno le contó que dos semanas antes, ese mismo hombre había visto la cara feliz de un padre que asistía al debut de su hijo en Primera. Entonces, se acercó, le palmeó el hombro, y luego salió del estadio, viajó hasta la casa del debutante y sólo después de saludar a cada familiar del jugador, regresó a su sitio en la tribuna. Otro hincha recordó cómo ese hombre había aplaudido hasta el júbilo a un árbitro de vista exacta y corazón justo que detectó un penal entre doce piernas mezcladas. Y un testigo más le confidenció al Gordo que el hombre de los festejos había sido capaz de abrazar a un hincha rival tras un partido sin ganadores mientras le explicaba: "Me hace feliz que tengamos tres cosas en común: la pasión por el fútbol, un empate y nuestra condición humana".
A esa altura del relato, el Bar de los Sábados, refugio semanal de futboleros y pensadores, latía como un teatro en fascinación. El Gordo presentó el último acto. De la boca le salían un aroma de café intenso y una voluntad de comunicar algo extraordinario cuando detalló que, finalmente, él mismo se acercó hasta el hombre que festejaba y le preguntó por qué hacía lo que hacía. Tembló el Gordo en ese momento como también había temblado en el instante en el que el hombre, en medio de la cancha, en medio del partido, en medio de todo, le entregó su respuesta simple: "A veces uno no se da cuenta, pero la vida es un acontecimiento que merece celebrarse todo el tiempo".
El Gordo añadió que, al despedirse, el hombre le dio la mano, alegre por haberlo conocido. Para entonces, en el Bar de los Sábados ya no imperaba el asombro, sino la admiración. Alguien pidió una vuelta de café. Todos estaban juntos, todos estaban conmovidos. Era hora de honrar a aquel hombre. Era hora de festejar la vida.


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