Lamentos por el Mundial perdido
Ni ese sol entrenado de febrero que le tostaba hasta las tripas ni tampoco el aniversario exacto de un mal amor tenían al Gordo como se lo veía: derrotado. Derrotado lo miraba el Roto, que trataba de darle agua y café y ánimo sobre la mesa de siempre del Bar de los Sábados. Derrotado lo contemplaba el Alto, que era un individuo que necesitaba entender todo y en ese instante no lograba entender nada. Derrotado lo observaba el Pibe, que, como era todavía un pibe, no se resignaba a las derrotas. Derrotado estaba el Gordo, quien rechazó el agua y el café e, inclusive, el ánimo antes de explicar entre lamentos y sin disimulos por qué le pasaba eso mismo, por qué estaba derrotado. Lo hizo en una sola frase, una frase que iba a retumbar durante mucho tiempo cerca de las manchas de las paredes del Bar de los Sábados, una frase ni tan larga ni tan corta en la que cabía entero nada menos que el drama de un hombre. Era esta frase: "Hoy a la mañana me di cuenta de que no soporto no haber visto el Mundial del 30".
Nadie se le rió al Gordo. En el Bar de los Sábados, como en los lugares mejores de la vida, el único acto absurdo era cerrar la cabeza y el corazón. Lo demás resultaba posible. Por eso el Gordo se despachó con su sensación completa y casi lagrimeó cuando reconoció que en 1930 no había nacido y que en el mismo 1930 su propio padre aún ensayaba el arte de balbucear y ni probaba enredarse la lengua con la palabra Uruguay, que era el país donde se jugaba el campeonato. Luego, monologó: "Quise conocer a todas las mujeres de ojos como mares y, pese a eso, hace mucho admití que jamás voy a caminar por la playa de la mano de Sofía Loren; quise contribuir desde la adolescencia a que América Latina tuviera otro destino y, sin embargo, acepté que nunca compartiré un café en este bar ni con San Martín ni con Bolívar. Pero el fútbol es el centro de mi identidad y de mi pasión. No, no soporto no haber estado en el Mundial del 30 ".
Un silencio de los que ocurren sólo en los sitios donde la gente escucha a la gente permitió que el Gordo terminara de narrar su tempestad personal. Dijo que hubiera querido ver la inauguración del estadio Centenario en Montevideo; y que hubiera entregado todo por abrazarse con alguien cuando el francés Lucien Laurent le convirtió a México el primer gol de los mundiales; y que hubiera gastado la garganta gritando algunos de los ocho goles que hizo Guillermo Stábile, argentino y goleador del torneo; y que hubiera sido testigo de la primera final, la que Uruguay le ganó a Argentina, con la expectativa que sólo merecen un nacimiento o una revolución. Después, una vez más, pesadumbre sobre pesadumbre, repitió que no soportaba haberse perdido todo eso.
Otro silencio respetuoso dominó el oxígeno del Bar de los Sábados hasta que el Alto lo vulneró con apenas una oración:
—No te lo perdiste.
El Gordo lo escuchó como a una revelación, el Pibe ratificó que el universo a veces cambia en un parpadeo, los mozos del Bar de los Sábados paralizaron sus rituales. El Alto avanzó: "Perder, en realidad, se lo perdieron y se lo siguen perdiendo los que nunca descubrieron que aquel Mundial fue la aventura de muchachos que pateaban, o los que no se conmueven con lo que era el fútbol en estado de ingenuidad, o los que no advierten que el gol de Laurent fue la punta del camino de una ruta larga, o los que no asumen que palpitan fútbol porque antes otros palpitaban fútbol. Me parece que un hombre no es únicamente lo que vio, sino lo que siente y sabe. Y a ese Mundial lo sentimos y lo sabemos. No nos perdimos el Mundial del 30. Está acá, en esta charla, en este bar, con nosotros".
Entusiasmado, hasta feliz, el Pibe aprobó con dos gestos y con el alma todo lo que había afirmado el Alto. Y hasta tuvo ganas de agregar que, en las canchas del fútbol o en las canchas que sean, un hombre logra ser un hombre cuando advierte que es parte de una historia. Iba a decirlo pero, justo en ese momento, el Gordo abrió la boca y pidió, por fin, el café y el agua que hacía rato necesitaba. Animo no pidió: ya lo había recuperado.
Publicado el 26 de Febrero de 2006 en el Diario Clarín


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