La decisión del abuelo
El abuelo del Gordo jugó al fútbol como si tuviera duendes en los dedos y dioses en los tobillos hasta un febrero en el que, a punto de patear un tiro libre, se quitó en un segundo los botines, enfiló para el vestuario y avisó que no entraría a una cancha nunca más. Jamás dio explicaciones sobre ese abandono súbito y se refugió en un mutismo irrompible al que sólo le colgó una llave pequeña para ser abierto. "Dentro de cuarenta años —afirmó— y si alguien conserva interés en mi historia, el mayor de mis nietos podrá dar una respuesta".
Cuarenta años después, en un sábado cálido de otro febrero y mientras, como siempre y con sus compañeros de siempre, veía transcurrir el mundo, el café y las palabras sentado en el Bar de los Sábados, el Gordo sabía que había llegado la hora. Estaba listo para fracturar el misterio.
El Gordo solía hablar de su abuelo con el cariño sin desniveles que merecen los buenos abuelos. "Después del retiro —evocaba—, mi abuelo se dedicó a cuidar su jardín y sus pájaros. Inclusive, cuando yo era un chiquito, estaba convencido de que se había ido del fútbol porque era un señor tierno que no soportaba que los domingos a la tarde sus jilgueros se quedaran solos".
En otro febrero de hacía bastante, un diario publicó que el abuelo del Gordo se había retirado porque jugar al fútbol le quitaba tiempo para hablar de fútbol, que es una actividad todavía mejor. "Es una interpretación generosa, pero no cierta", comentó el abuelo del Gordo aquella vez mientras regaba una de sus plantas. Fue en esa oportunidad clave que el Gordo juntó una inquietud definitiva con una determinación entera. Y se animó a preguntar.
"Mi abuelo admitió que ese era, por fin, su tiempo y mi tiempo y, sin vueltas, me entregó su verdad", rememoró el Gordo, con una voz tibia que no pretendía disimular la magnitud de lo que estaba pronunciando. Así siguió: "Me contó todo muy calmo y en un instante. Recordó que se sentía listo para patear aquel tiro libre, pero, cuando iba a hacerlo, advirtió que tenía ganas de algo distinto. Salió directo de la cancha hacia su casa, entró acelerado, miró a mi abuela que también lo miraba pero sin entender, y soltó dos palabras en las que cabía todo: ''Te extrañaba''. Desde entonces vivió al lado de ella cada segundo que pudo, sin añorar los tiros libres y cerca de la felicidad". Agitado, el Gordo apenas frenó su relato para volcar un suspiro y necesitó otras tres palabras para cerrar por completo un vacío de cuarenta años. "Eso es todo", dijo. Y no dijo nada más.
"El fútbol y la vida están llenos de misterios sencillos", opinó, sin que se lo pidieran, uno de los mozos veteranos del Bar de los Sábados. El Gordo le devolvió una sonrisa aprobatoria, le pidió un café largo y habló de un nuevo marcador de punta mientras febrero tenía una incógnita menos y una emoción más.
Publicado el 12 de Febrero de 2006 en el Diario Clarín


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