La palabra Gol
Aquel sábado de calores y de asombros, el Alto estremeció las viejas paredes del Bar de los Sábados cuando contó que en un pueblo del centro de la Tierra todas las palabras se habían fugado y sólo permanecía, como último instrumento del idioma, como herramienta final contra el silencio, la palabra Gol. "Se habían fugado", dijo, de nuevo, el Alto respecto de las otras palabras, mientras el Gordo, un individuo crédulo, lo miraba perplejo, y también mientras el Pibe, un joven crítico, lo escuchaba sin poder creer. Nunca en la larga existencia de ese bar de relatos futboleros y de sábados rituales nadie había revelado algo así. Pero el Alto, alguien serio, alguien fiable, no dejaba sitio para poner a esa historia en sombras. "A la mañana, movían los labios y sólo salía la palabra Gol, a la tarde repetían el intento y otra vez pronunciaban la palabra Gol, a la noche se empecinaban en hablarse y en escucharse y definitivamente sólo retumbaba la palabra Gol", detalló el Alto. Después, lo reiteró, enfático y contundente: "Eso único sonaba: Gol, Gol, Gol".
El Pibe tragó dos cafés consecutivos, manoteó un vaso con agua, bordeó la desesperación y, al final, preguntó por qué. "No estoy seguro —le contestó el Alto— pero es probable que en ese pueblo del centro de la Tierra, como en muchos otros pueblos, transcurriera una época en la que las palabras importaran poco o fueran víctimas de demasiados maltratos. Quizás se sintieran cansadas o lastimadas y, como las palabras suelen ser sabias y es un acto de sabios evitar los agotamientos y las heridas, un día resolvieron fugarse". El Alto se calló, paladeó su propio café y apuntó otra conjetura: "Seguro que la palabra Gol también se hubiera fugado, pero acaso en ese mismo momento alguien estaba convirtiendo un gol y lo gritó, por lo que la palabra Gol quedó atrapada y no pudo fugarse con las demás palabras".
El Gordo observaba al Alto aplastando sus brazos gruesos sobre la mesa de cada sábado. Estaba compungido y era lógico: le gustaban las palabras casi tanto como el fútbol y no soportaba la idea de no poder contar con ellas. El Alto percibió la situación, enfocó a su amigo y le prometió que venían esperanzas.
"Fugadas las demás palabras —explicó el Alto—, a los habitantes de ese pueblo del centro de la Tierra no les quedó más remedio que conversar con el único recurso del que disponían: la palabra Gol. Construyeron así una experiencia extraña pero estupenda. Las declaraciones de amor, por ejemplo, resultaban maravillosas porque se formulaban con toda la fuerza que permitía la garganta y con la letra ''o'' extendida hasta el infinito para evidenciar que se trataba de un sonido y de un sentimiento que venían del corazón, igual que se hacen sonar y sentir los goles en una final. Los exámenes orales de los estudiantes resultaban aprobados cuando éstos armaban con la palabra Gol una cadena de resonancias convincentes y los coros de los mejores teatros tenían adaptadas buena parte de las obras clásicas a los mil ecos que posibilita la palabra Gol. Había malas noticias, desde luego, y no se ocultaban: la manera de comunicarlas era lanzar al aire la palabra Gol e interrumpirla antes de llegar a la letra ''l'', como sucede en una tribuna cuando una jugada parece gol y no es o, lo que es lo mismo, cuando una multitud se arrima a la felicidad y no la alcanza".
El Gordo recuperó el ánimo y pidió otro café. El Pibe ya no formuló cuestionamientos y avivó su inquietud por escuchar el desenlace. Con el Bar de los Sábados rendido ante su voz, el Alto concluyó: "Tanto valor y tanto respeto se ganó la palabra Gol y también tanto fue el esmero de la gente por decirse las cosas con riqueza y con claridad que, poco a poco, convencidas de que se encontraban a las puertas de una edad distinta en la que se les daría el trato que merecían, las otras palabras empezaron a volver. Y una tarde, casi sin que nadie lo advirtiera, en ese pueblo del centro de la Tierra todas las palabras fugadas estuvieron de regreso".
El Alto dijo que a las palabras hay que quererlas y que en la palabra Gol cabe un mundo. El Pibe y el Gordo lo registraron con detalle. Después, a un solo tiempo, abrieron la boca grande, plena, entusiasmada. Como estaban en un bar, el Bar de los Sábados, usaron la boca para pedir café. Pero desde la lengua hasta el alma hubieran querido gritar gol.
Publicado el 19 de Febrero de 2006 en el Diario Clarín


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