De Rastron

sábado, enero 21, 2006

Los grandes partidos

Los parroquianos del Bar de los Sábados no daban más. Tenían la garganta gastada de tanto café, las palabras agotadas de tanto hablar y la emoción vuelta sudores de tanto sentir. Se habían exigido como casi nunca porque esa tarde y ese sábado eligieron definirse sobre un tema en el que no sólo estaba en debate un modo de entender el fútbol, sino, además, una manera de concebir qué importa en la existencia. Se entenderá rápido: el desafío consistía en que cada uno explorara entre los fondos de su identidad y de sus memorias para contar el partido más impactante que había visto en su vida.

Había empezado El Pibe, un nostálgico, que habló setenta minutos consecutivos de la primera vez que fue a la cancha con su padre. Lo continuó el Alto, un estudioso, que recordó como un pueblo despojado recuperó cada pedazo de su tierra ganándole un desafío de fútbol a sus patrones. Lo heredó el Roto, un dulce, que deslumbró con la historia de dos amigos que empezaron a jugar un partido uno contra otro en la plenitud de la infancia y lo siguieron por décadas, semana a semana, con un entusiasmo irrenunciable, hasta que uno de los dos murió.

Después, le llegó el turno al Gordo, que guardaba en la boca tres tragos simultáneos de café y que cada sábado ejercía una maestría irrepetible en el arte de narrar. Dijo que jamás, ni en el fútbol ni fuera de él, había sido testigo de algo tan mayúsculo como el duelo entre dos equipos de una ciudad de la que no dio el nombre: el partido entre el Deportivo Orden y el Deportivo Placer. Lo supo explicar: "Un equipo era perfecto por su mecánica de juego; el otro también, por su inagotable deseo y por su inspiración. No recuerdo cómo salió el partido, pero lo fascinante es que, después de enfrentarse, los dos equipos se unieron y formaron uno imbatible, en el que se combinaban en proporción exacta el orden y el placer. Lo llamaron Deportivo Libertad".

Para el final de la tarde había quedado el Nene, un esperanzado, que hizo su relato mientras las penúltimas tazas de café hacían un viaje hacia los labios de sus exhaustos compañeros de mesa. "Hay un partido tremendo —dijo— en el que Barcelona, Real Madrid, Milan y la selección de Brasil se juntan, ponen más de once en la cancha y atacan todo el tiempo. El rival es mi equipo de la adolescencia, siempre con una camiseta que compramos en un negocio que ya cerró. Ellos avanzan, nosotros aguantamos. No sé cómo salimos porque ese partido lo sueño, vuelvo a soñarlo y creo que lo seguiré soñando hasta mi último día. Lo único que sé bien es que mi viejo equipo resiste con el alma".

El Gordo terminó de escuchar y se confesó conmovido. El Nene le devolvió una sonrisa. Otra jornada concluía en el Bar de los Sábados mientras el más viejo de los mozos del lugar recogía las tazas ya vacías y, con la bandeja en la mano, pensaba que lo mejor de los grandes partidos es que siempre se parecen a los grandes sueños.

Publicado el 6 de Noviembre de 2005 en el Diario Clarín