De Rastron

sábado, febrero 04, 2006

El ídolo del arco

Ataja El Roto. A lo grande. Se estira desde su silla débil hasta la puerta del Bar de los Sábados. Vuela y atrapa, brillante, ahí, en pleno bar, una servilleta blanca y chiquita que iba camino de la calle empujada por algún viento que tenía vocación de goleador. Todos los testigos lo aplauden, lo felicitan, le confiesan sorpresa. "Es un homenaje" cuenta el Roto mientras se acomoda, se alinea su ropa no deportiva y pide un café doble para compensar el esfuerzo. "¿Un homenaje a quién?", interroga el Gordo, socio activo de los debates de bar de cada sábado. "A mi ídolo de siempre" es la respuesta. El Gordo, el Alto, el Pibe y también cada uno de los mozos veteranos del Bar de los Sábados repasan arqueros de todas las famas y de todas las épocas. El Roto intuye que no adivinarán. Pronuncia, entonces, dos sustantivos propios que no tardarán ni una décima en convocar a cada uno de los asombros que caben en un bar. "Moacyr Barbosa", dice, con énfasis, como se dice a un ídolo. Efectivamente: todos los asombros llegan, llegan rapidísimo, llegan incluso invitando a otros asombros de otras partes. Eruditos en fútbol, los del Bar de los Sábados lo saben: Moacyr Barbosa fue el arquero de Brasil en la final del Mundial de 1950, el hombre que no atajó la pelota que le dio el título a Uruguay en ese Mundial, el jugador al que casi un país entero rechazó a partir de ese día y para todos los días que después vinieron. Moacyr Barbosa, el ídolo del Roto.

El Roto asume que carga con el deber de una explicación. No se hace rogar. Argumenta. No, no es exacto. No solamente argumenta: argumenta orgulloso. Cuenta que resolvió admirar a Barbosa sin necesidad de verlo atajar. Bastó que alguien lo indignara comentándole, como una certeza natural y maldita, que la existencia se divide entre ganadores y perdedores. Y que ese, Barbosa, era un perdedor porque debió usar las manos como ganchos pero las extendió como trapos viejos el 16 de julio de 1950, en el Maracaná, un estadio que se le transformó en lápida, cuando no tapó una pelota de Alcides Ghiggia que permitió que Uruguay fuera el campeón y que Brasil fuera un vacío. Barbosa, que merecía los derechos de un individuo corriente, se volvió esclavo de esa circunstancia durante el medio siglo completo que transcurrió desde el instante en el que aquella pelota tocó la red hasta la hora en la que él respiró el último de sus aires. Se lo señalaron en las veredas modestas de Río de Janeiro en las que parecía haberse quedado sin sitio, en los ómnibus en los que viajaba con las miradas de los otros astillándole la piel y en las tribunas desagradecidas que antes le habían aplaudido hasta los tiros que tapaba con las uñas. "No —afirma el Roto, dolorido, dispuesto a no continuar especificando las tristezas de Moacyr Barbosa—, la vida no se divide en ganadores y perdedores".

Y no se calla el Roto. Habla más. Proclama. Usa la voz entera, las palabras con fuerza: "Alguien que resiste todo ese absurdo, alguien que es capaz de que el corazón le lata a pesar de que un país le vibra infinitamente en contra, alguien que se empecina en vivir en la sociedad aunque lo hayan condenado a un entierro social, alguien así es un ídolo". Resopla. Y vuelve: "Perdedores son los que dicen que los otros son perdedores", casi grita el Roto, mientras las manos con la que atajó la servilleta blanca y chiquita le tiemblan sobre la madera raída de la mesa del Bar de los Sábados.

Con esas mismas manos, el Roto busca ahora como un desesperado su portadocumentos en un bolsillo. Saca una cédula, tres billetes, las esquelas de un amor antiguo y las fotos impecables de sus hijos. También asoma un recorte de un diario viejo en el que apenas se reconocen contornos. Lo que mejor se distingue es la silueta de un hombre largo. Abajo, se intuyen dos palabras: "Moacyr Barbosa". Nada más. El Roto alisa ese papel con historia, repite de nuevo "mi ídolo" y trata de que por la garganta apretada le pase de a poco el último sorbo del café doble.


Publicado el 12 de Marzo de 2005 en el Diario Clarín

viernes, febrero 03, 2006

Un verdadero campeón

El Alto siempre decía que durante la primera mitad de su infancia creyó que sólo era posible el atardecer si alguien estaba jugando al fútbol. En el Bar de los Sábados, donde el Alto acumulaba asistencia perfecta, todos sabían su historia sencilla: había crecido en un barrio de muchas casas, doce aromas y un parque, y no recordaba ni una ida del sol en la que en ese mismo parque faltara un partido. Muchos años después, el Alto conservaba otra certeza de aquel tiempo: en cada uno de esos partidos de atardecer, estaba como público, inclusive como público único, el viejo Nicola. Inolvidable Nicola: era un italiano generoso que tenía una colección de caramelos dulces y una erudición enciclopédica del fútbol. Podía describir cómo se llevaban el viento y un tiro libre de verano o detallar cuántos goles habían hecho con pelotas desinfladas todos los marcadores de punta del universo. Apenas una frustración, una gigante, atragantaba su vínculo con el fútbol: dos veces, en 1934 y en 1938, había seguido cómo su Italia se consagraba campeón del mundo; las dos veces las sufrió.

"No me podía sentir alegre con las cosas que alegraban a Mussolini" era la oración con la que, algunas décadas más tarde, ante un puñado de jóvenes y al costado del parque de los partidos, Nicola reivindicaba aquel sentimiento en el que su antifascismo profundo derrotaba a su encanto por el fútbol y por Italia. Aun ahora, lejos en el calendario pero con el recuerdo firme de haber sido uno de los jóvenes que escuchaba a Nicola, el Alto dominaba sin olvidos lo que aprendió en esas charlas sobre esos Mundiales. El de 1934, armado en Italia en plena afirmación de Mussolini y su régimen, con una final triunfante para los italianos ante Checoslovaquia por 3 a 1 tras la mítica amenaza que un gobernante acostumbrado a mucho más que amenazar le dirigió al entrenador Vittorio Pozzo: "Muchachos ganen, si no, crash". Crash no era una expresión de interpretaciones múltiples: significaba que les cortaban la cabeza. Y el de 1938, que se hizo en Francia. El fascismo no pudo montar allí toda su escenografía porque no era local, pero sí se apropió de la victoria que volvió bicampeón a Italia luego de gritarle un 4-2 a Hungría en el último partido. Mussolini, fiel a su estilo, había mandado un telegrama: "Vencer o morir", avisaba. Y morir, en esa edad de exterminios, no era una metáfora. El Alto todavía se acordaba de otro lamento de Nicola: "Giuseppe Meazza, el mejor de todos, era un gran jugador, pero yo veía sonreír a Mussolini como si él fuera la estrella y todo, hasta el fútbol, me daba asco".

En el Bar de los Sábados, el corazón lastimado de ese hombre dio para el debate. El Gordo reconoció que lo entendía, pero que, a la vez, pensaba que había oportunidades en las que convenía separar las felicidades que entrega el fútbol de las oscuridades que provocan los poderosos que expropian esa felicidad. El Roto aportó que conocía a otro antiguo futbolero que despreciaba al fascismo con la conciencia y con las venas y que, sin embargo, había vivido aquellos Mundiales como dos desahogos en medio de las sombras. El Pibe, en cambio, se alineó con la posición de Nicola, aseguró que la bronca frente a los dos títulos era la única reacción posible y lamentó el sufrimiento político y deportivo de ese señor de entrañables dignidades.

Ahí volvió a intervenir el Alto:

—Con toda mi fuerza, yo hubiera querido que Nicola pudiera aplaudir el tercer título mundial de Italia, en 1982. Pero se murió unas temporadas antes. En las últimas épocas, enfermo y todo, siguió yendo a ver partidos al parque y nunca abandonó sus relatos sobre 1934 y 1938. Decía que era un compromiso con la memoria. Tuvo recompensa. Una tarde, unos pibes que jugaban en el parque ganaron una final, con Nicola en un costado como el mejor de los hinchas. Cuando terminó el partido, lo fueron a buscar y lo llevaron en andas durante toda la vuelta olímpica. Los pocos que estábamos mirando aplaudíamos hasta con las vísceras. Nicola no se lo contó a nadie, pero estoy seguro de que ese día sintió que por fin había saldado una cuenta grande con la historia.

El Gordo, el Roto y el Pibe debatieron el tema hasta que las ventanas del Bar de los Sábados se encontraron con la noche. El Alto casi no los escuchó. Sació su sed de café, evocó otra vez a Nicola y, con la lengua navegándole en el último sorbo, pensó que, aunque no gane Mundiales, un hombre tiene otros modos de ser un verdadero campeón.


Publicado el 5 de Marzo de 2006 en el Diario Clarín.

jueves, febrero 02, 2006

Lamentos por el Mundial perdido

Ni ese sol entrenado de febrero que le tostaba hasta las tripas ni tampoco el aniversario exacto de un mal amor tenían al Gordo como se lo veía: derrotado. Derrotado lo miraba el Roto, que trataba de darle agua y café y ánimo sobre la mesa de siempre del Bar de los Sábados. Derrotado lo contemplaba el Alto, que era un individuo que necesitaba entender todo y en ese instante no lograba entender nada. Derrotado lo observaba el Pibe, que, como era todavía un pibe, no se resignaba a las derrotas. Derrotado estaba el Gordo, quien rechazó el agua y el café e, inclusive, el ánimo antes de explicar entre lamentos y sin disimulos por qué le pasaba eso mismo, por qué estaba derrotado. Lo hizo en una sola frase, una frase que iba a retumbar durante mucho tiempo cerca de las manchas de las paredes del Bar de los Sábados, una frase ni tan larga ni tan corta en la que cabía entero nada menos que el drama de un hombre. Era esta frase: "Hoy a la mañana me di cuenta de que no soporto no haber visto el Mundial del 30".

Nadie se le rió al Gordo. En el Bar de los Sábados, como en los lugares mejores de la vida, el único acto absurdo era cerrar la cabeza y el corazón. Lo demás resultaba posible. Por eso el Gordo se despachó con su sensación completa y casi lagrimeó cuando reconoció que en 1930 no había nacido y que en el mismo 1930 su propio padre aún ensayaba el arte de balbucear y ni probaba enredarse la lengua con la palabra Uruguay, que era el país donde se jugaba el campeonato. Luego, monologó: "Quise conocer a todas las mujeres de ojos como mares y, pese a eso, hace mucho admití que jamás voy a caminar por la playa de la mano de Sofía Loren; quise contribuir desde la adolescencia a que América Latina tuviera otro destino y, sin embargo, acepté que nunca compartiré un café en este bar ni con San Martín ni con Bolívar. Pero el fútbol es el centro de mi identidad y de mi pasión. No, no soporto no haber estado en el Mundial del 30 ".

Un silencio de los que ocurren sólo en los sitios donde la gente escucha a la gente permitió que el Gordo terminara de narrar su tempestad personal. Dijo que hubiera querido ver la inauguración del estadio Centenario en Montevideo; y que hubiera entregado todo por abrazarse con alguien cuando el francés Lucien Laurent le convirtió a México el primer gol de los mundiales; y que hubiera gastado la garganta gritando algunos de los ocho goles que hizo Guillermo Stábile, argentino y goleador del torneo; y que hubiera sido testigo de la primera final, la que Uruguay le ganó a Argentina, con la expectativa que sólo merecen un nacimiento o una revolución. Después, una vez más, pesadumbre sobre pesadumbre, repitió que no soportaba haberse perdido todo eso.

Otro silencio respetuoso dominó el oxígeno del Bar de los Sábados hasta que el Alto lo vulneró con apenas una oración:

—No te lo perdiste.

El Gordo lo escuchó como a una revelación, el Pibe ratificó que el universo a veces cambia en un parpadeo, los mozos del Bar de los Sábados paralizaron sus rituales. El Alto avanzó: "Perder, en realidad, se lo perdieron y se lo siguen perdiendo los que nunca descubrieron que aquel Mundial fue la aventura de muchachos que pateaban, o los que no se conmueven con lo que era el fútbol en estado de ingenuidad, o los que no advierten que el gol de Laurent fue la punta del camino de una ruta larga, o los que no asumen que palpitan fútbol porque antes otros palpitaban fútbol. Me parece que un hombre no es únicamente lo que vio, sino lo que siente y sabe. Y a ese Mundial lo sentimos y lo sabemos. No nos perdimos el Mundial del 30. Está acá, en esta charla, en este bar, con nosotros".

Entusiasmado, hasta feliz, el Pibe aprobó con dos gestos y con el alma todo lo que había afirmado el Alto. Y hasta tuvo ganas de agregar que, en las canchas del fútbol o en las canchas que sean, un hombre logra ser un hombre cuando advierte que es parte de una historia. Iba a decirlo pero, justo en ese momento, el Gordo abrió la boca y pidió, por fin, el café y el agua que hacía rato necesitaba. Animo no pidió: ya lo había recuperado.


Publicado el 26 de Febrero de 2006 en el Diario Clarín

miércoles, febrero 01, 2006

La palabra Gol

Aquel sábado de calores y de asombros, el Alto estremeció las viejas paredes del Bar de los Sábados cuando contó que en un pueblo del centro de la Tierra todas las palabras se habían fugado y sólo permanecía, como último instrumento del idioma, como herramienta final contra el silencio, la palabra Gol. "Se habían fugado", dijo, de nuevo, el Alto respecto de las otras palabras, mientras el Gordo, un individuo crédulo, lo miraba perplejo, y también mientras el Pibe, un joven crítico, lo escuchaba sin poder creer. Nunca en la larga existencia de ese bar de relatos futboleros y de sábados rituales nadie había revelado algo así. Pero el Alto, alguien serio, alguien fiable, no dejaba sitio para poner a esa historia en sombras. "A la mañana, movían los labios y sólo salía la palabra Gol, a la tarde repetían el intento y otra vez pronunciaban la palabra Gol, a la noche se empecinaban en hablarse y en escucharse y definitivamente sólo retumbaba la palabra Gol", detalló el Alto. Después, lo reiteró, enfático y contundente: "Eso único sonaba: Gol, Gol, Gol".

El Pibe tragó dos cafés consecutivos, manoteó un vaso con agua, bordeó la desesperación y, al final, preguntó por qué. "No estoy seguro —le contestó el Alto— pero es probable que en ese pueblo del centro de la Tierra, como en muchos otros pueblos, transcurriera una época en la que las palabras importaran poco o fueran víctimas de demasiados maltratos. Quizás se sintieran cansadas o lastimadas y, como las palabras suelen ser sabias y es un acto de sabios evitar los agotamientos y las heridas, un día resolvieron fugarse". El Alto se calló, paladeó su propio café y apuntó otra conjetura: "Seguro que la palabra Gol también se hubiera fugado, pero acaso en ese mismo momento alguien estaba convirtiendo un gol y lo gritó, por lo que la palabra Gol quedó atrapada y no pudo fugarse con las demás palabras".

El Gordo observaba al Alto aplastando sus brazos gruesos sobre la mesa de cada sábado. Estaba compungido y era lógico: le gustaban las palabras casi tanto como el fútbol y no soportaba la idea de no poder contar con ellas. El Alto percibió la situación, enfocó a su amigo y le prometió que venían esperanzas.

"Fugadas las demás palabras —explicó el Alto—, a los habitantes de ese pueblo del centro de la Tierra no les quedó más remedio que conversar con el único recurso del que disponían: la palabra Gol. Construyeron así una experiencia extraña pero estupenda. Las declaraciones de amor, por ejemplo, resultaban maravillosas porque se formulaban con toda la fuerza que permitía la garganta y con la letra ''o'' extendida hasta el infinito para evidenciar que se trataba de un sonido y de un sentimiento que venían del corazón, igual que se hacen sonar y sentir los goles en una final. Los exámenes orales de los estudiantes resultaban aprobados cuando éstos armaban con la palabra Gol una cadena de resonancias convincentes y los coros de los mejores teatros tenían adaptadas buena parte de las obras clásicas a los mil ecos que posibilita la palabra Gol. Había malas noticias, desde luego, y no se ocultaban: la manera de comunicarlas era lanzar al aire la palabra Gol e interrumpirla antes de llegar a la letra ''l'', como sucede en una tribuna cuando una jugada parece gol y no es o, lo que es lo mismo, cuando una multitud se arrima a la felicidad y no la alcanza".

El Gordo recuperó el ánimo y pidió otro café. El Pibe ya no formuló cuestionamientos y avivó su inquietud por escuchar el desenlace. Con el Bar de los Sábados rendido ante su voz, el Alto concluyó: "Tanto valor y tanto respeto se ganó la palabra Gol y también tanto fue el esmero de la gente por decirse las cosas con riqueza y con claridad que, poco a poco, convencidas de que se encontraban a las puertas de una edad distinta en la que se les daría el trato que merecían, las otras palabras empezaron a volver. Y una tarde, casi sin que nadie lo advirtiera, en ese pueblo del centro de la Tierra todas las palabras fugadas estuvieron de regreso".

El Alto dijo que a las palabras hay que quererlas y que en la palabra Gol cabe un mundo. El Pibe y el Gordo lo registraron con detalle. Después, a un solo tiempo, abrieron la boca grande, plena, entusiasmada. Como estaban en un bar, el Bar de los Sábados, usaron la boca para pedir café. Pero desde la lengua hasta el alma hubieran querido gritar gol.


Publicado el 19 de Febrero de 2006 en el Diario Clarín